Luis Rojas Zamora fue, a fines de la década pasada, uno de los nombres que más ilusión generó en la Universidad de Chile. Volante de gran técnica y lectura de juego, formado en el CDA y protagonista del Mundial Sub-17 de Brasil 2019, donde se perfilaba como el futuro “10” azul. Pero su proceso se aceleró sin control. Cuando apenas sumaba cinco partidos en el primer equipo, los representantes y la urgencia económica del club definieron su destino: Europa.
En 2020, con solo 18 años, fue vendido al Crotone italiano por un monto cercano a los 2 millones de dólares. “Ayuda mucho al club”, reconocía entonces Hernán Caputto, entrenador de la U, dejando entrever que la transacción respondía más a una necesidad financiera que a una estrategia deportiva.
En Italia, Rojas se encontró con un escenario hostil. De la Serie A cayó progresivamente hasta la Serie C, sin anotar goles en liga y sin lograr consolidarse. Pasó por Bologna, Pro Vercelli y hasta por el AS Trenčín de Eslovaquia, acumulando apenas 16 partidos en cinco años. Su valor de mercado se desplomó de los millones iniciales a 125 mil euros en 2025. “Me equivoqué en muchas cosas, sobre todo en escuchar más de la cuenta. A veces uno se deja llevar por las promesas y no por el proceso”, reconoció en una entrevista. La historia de su carrera se convirtió en una radiografía del fútbol chileno contemporáneo: talentos exportados prematuramente, impulsados por la presión de representantes y las urgencias de caja de los clubes.
En ese camino también hubo tropiezos personales. En 2023, cuando Nicolás Córdova confeccionó la nómina para el Preolímpico Sub-23, Rojas fue marginado. El técnico, según fuentes cercanas, no quedó conforme con su actitud ni con su preparación. El propio jugador lo asumió sin excusas: “No estaba enfocado. A veces el talento no alcanza si la cabeza no está donde tiene que estar”, comentó en privado. Esa exclusión marcó el punto más bajo de una carrera que parecía diluirse sin retorno.
Pero el fútbol, como pocas veces, le ofreció revancha. En julio de 2025, Universidad de Concepción apostó por él para reforzar su plantel en la Primera B. Cristian Muñoz, su técnico, lo describió como “aire fresco, un jugador que necesitaba minutos y confianza”. En el Campanil, Rojas volvió a sentirse importante. Disputó 14 partidos, fue titular en 13, sumó más de mil minutos y aportó cuatro goles y una asistencia. Volvió a jugar en su posición natural de mediocentro ofensivo, reencontrándose con la libertad que había perdido. “Volví a disfrutar el fútbol. En Europa jugaba con miedo a equivocarme; acá me siento libre”, confesó tras anotar ante San Marcos de Arica.
Lo hecho este sábado en el estadio Luis Valenzuela Hermosilla de Copiapó, su historia se transformó en símbolo. Con el marcador igualado y el ascenso en juego, Rojas tomó la pelota fuera del área y remató con determinación. Golazo. La Universidad de Concepción ganó 3-0, aseguró el título de la Primera B y regresó a Primera División.
Hoy, con 23 años, Luis Rojas encara su regreso a la élite con otra mirada. Ya no como la promesa que se fue antes de tiempo, sino como el jugador que entendió que la madurez no se compra ni se representa: se construye. Su renacimiento en el ascenso chileno no solo le devolvió la confianza, sino que dejó una lección clara: en el fútbol, las carreras no se negocian en oficinas, se ganan en la cancha