La postal es elocuente y preocupante. El Estadio Regional Calvo y Bascuñán de Antofagasta luce con un terreno de juego visiblemente deteriorado tras el festival realizado entre el 11 y 13 de febrero, con amplias zonas sin césped, marcas de estructuras montadas sobre la cancha y un piso lejos de estándares mínimos para la competencia profesional.
Lo más llamativo es que, según la programación oficial del Campeonato Nacional, Deportes Antofagasta debe recibir a Deportes Puerto Montt el próximo 1 de marzo a las 12:00 horas en ese mismo recinto. Es decir, en menos de tres semanas el estadio debería pasar de escenario de espectáculos masivos a cancha apta para el fútbol, en un contexto donde las imágenes actuales hacen dudar seriamente de esa posibilidad.
El caso de Antofagasta no es aislado. Se suma a una seguidilla de recintos comprometidos por eventos extradeportivos. El Estadio Sausalito quedó en condiciones paupérrimas tras el concierto de Chayanne, mientras que el Estadio Nacional también evidenció daños luego de albergar shows del propio artista puertorriqueño y de Tini. En todos los casos, el patrón se repite: uso intensivo del campo de juego, desmontaje tardío y una recuperación que no alcanza los tiempos que exige el calendario futbolístico.
El problema deja en evidencia una tensión estructural en la administración de los recintos: la necesidad de generar ingresos a través de espectáculos versus la obligación de garantizar condiciones mínimas para la competencia. Hoy, esa balanza parece inclinada peligrosamente hacia lo primero.
Así, el fútbol chileno vuelve a jugar —literalmente— en canchas en mal estado. Y lo que debiera ser una excepción, comienza a transformarse en norma. Un síntoma más de un sistema que, a nivel de infraestructura, también empieza a mostrar señales de desgaste profundo.