La “Rojita” de Mario Salas aterrizó en Turquía con ilusión renovada. Clasificada en un Sudamericano vibrante, la selección llegó al torneo mundialista con la misión de confirmar el relevo de la Generación Dorada. La fase de grupos fue una montaña rusa: remontada en el debut frente a Egipto (2-1), empate ante Inglaterra (1-1) y caída frente a Irak (1-2). El pase a octavos estaba asegurado y la ilusión seguía intacta.
En la segunda ronda, Chile mostró carácter para superar con autoridad a Croacia (2-0). El viaje terminó en un partido que aún hoy se recuerda como uno de los más vibrantes de la historia del Sub-20: un 3-3 contra Ghana que se rompió en la prórroga con un gol africano en la última jugada. Un 4-3 cruel, que dejó lágrimas en el vestuario, pero también la certeza de que esa generación tenía un sello competitivo innegable.
Las figuras de una camada prometedora
El protagonismo ofensivo tuvo dos nombres propios: Ángelo Henríquez y Nicolás Castillo. El primero, jugador del Manchester United, firmó tres goles, incluido un doblete ante Ghana. Castillo, por su parte, marcó en el debut contra Egipto y repitió en cuartos, consolidándose como líder del ataque.
Junto a ellos, Christian Bravo aportó con un gol decisivo en el estreno, mientras Felipe Mora dejó su huella contra Irak. En la medular, Bryan Rabello y Claudio Baeza fueron piezas clave, y en defensa, Igor Lichnovsky y Felipe Campos exhibieron una solidez que sostuvo al equipo. Esa dependencia ofensiva en Henríquez y Castillo, sin embargo, también mostró el talón de Aquiles de la Rojita: cuando los delanteros fueron contenidos, al equipo le faltaron variantes.
El mito de la “generación perdida”
Tras Turquía, el relato instaló la etiqueta de “generación perdida”. La comparación con la Dorada de Alexis, Vidal y Medel era inevitable, y las expectativas parecían demasiado altas. Con el tiempo, pocos lograron consolidarse plenamente en la Roja adulta, aunque los números matizan la percepción de fracaso.
Brayan Cortés se afianzó como arquero del recambio, sumando 25 partidos. Diego Valdés se convirtió en un mediocampista clave con 37 presencias. Nicolás Castillo jugó 24 encuentros y marcó cuatro goles en la absoluta, participando en clasificatorias y Copas América. Bryan Rabello también sumó minutos en procesos de Sampaoli y Pizzi. Felipe Mora, Claudio Baeza y Ángelo Henríquez, por su parte, alternaron convocatorias con mayor o menor regularidad.
No fue la generación que heredó la corona de la Dorada, pero tampoco se diluyó por completo. Su aporte fue fragmentado, individual y menos visible, aunque igualmente relevante en etapas de recambio.
Un legado de luces y sombras
El Mundial Sub-20 de 2013 dejó un recuerdo imborrable en la memoria del fútbol chileno. Fue un torneo donde la Rojita volvió a emocionar a un país entero, donde jugadores jóvenes se hicieron nombres propios y donde se instaló una discusión que aún hoy divide: ¿fue realmente una generación perdida o simplemente una camada que no pudo cargar con expectativas desmedidas?
La respuesta parece estar en el medio. Turquía 2013 fue un éxito deportivo, un hito de identidad y un laboratorio de talento. Su herencia, aunque irregular, dejó a Chile futbolistas que vistieron la Roja adulta y enseñó que no todo triunfo juvenil se traduce en gloria futura. Fue una generación que no llegó a ser Dorada, pero que nunca dejó de ser recordada.