La cronología es tan breve como elocuente. En cuestión de horas, el discurso del Gobierno en torno a la candidatura de Santiago como sede de los Juegos Olímpicos de la Juventud 2030 dio un giro completo. Y en el centro de ese cambio quedó la propia ministra del Deporte, Natalia Duco.
El punto de partida fue claro. Este jueves en declaraciones públicas, la secretaria de Estado instaló dudas respecto de la viabilidad del proyecto, poniendo el acento en el complejo escenario económico del país. “Estamos evaluando con todas las condiciones, toda la situación económica del país, las prioridades; o sea, la situación que ha dejado la administración anterior no es fácil”, afirmó Duco, dejando en evidencia que la decisión no estaba tomada y que el contexto fiscal era un factor determinante.
No fue la única señal de cautela. En la misma línea, la ministra insistió en que el análisis debía ser responsable, abriendo la puerta incluso a descartar o postergar la iniciativa en función de las prioridades del Estado.
Sin embargo, apenas 24 horas después, el Gobierno oficializó la postulación de Santiago 2030, cambiando completamente el tono del mensaje. La candidatura pasó a presentarse como una oportunidad país, apoyada en la infraestructura heredada de los Juegos Panamericanos Santiago 2023 y en la experiencia organizativa reciente.
El contraste es evidente. De un discurso centrado en restricciones económicas y evaluación de prioridades, se transitó rápidamente hacia una narrativa de proyección internacional y legado deportivo. Un giro que no solo expone una aparente falta de coordinación, sino que también instala interrogantes sobre el sustento técnico de la decisión.
La voltereta no es menor. Porque en medio del debate por el gasto público, los recortes y la priorización de recursos, el mismo Gobierno que advertía dificultades económicas ahora impulsa un nuevo megaevento. Y lo hace con una ministra que, horas antes, había puesto en duda exactamente ese escenario.
Más allá del resultado final de la candidatura, el episodio deja una señal clara: en el deporte chileno, las decisiones de alto impacto siguen moviéndose en una delgada línea entre la evaluación técnica y la determinación política. Y esta vez, esa línea quedó expuesta en apenas un día.