Universidad de Chile no tiene rumbo. Y lo más preocupante es que ya no es una sensación: es una evidencia sostenida en cuatro fechas. El 2-2 ante Deportes Limache no solo es un tropiezo, es la confirmación de un problema estructural que nace directamente desde la conducción técnica de Francisco Meneghini.
Y eso que el partido esta vez parecía encaminado. Con goles de Altamirano (27’) y Nicolás Ramírez (54’), la U había logrado revertir el tempranero golpe de Daniel Castro (5’) y encontraba cierta estabilidad en el desarrollo. A pesar de un esquema extrañísimo, sin volante de contención y con una defensa que está lejos del nivel mostrado en 2025. Pero como ha sido la constante en este inicio de temporada, todo se desmoronó por decisiones difíciles de explicar.
Charles Aránguiz fue, otra vez, el mejor del equipo. Ordenó, distribuyó y compitió. Pero lo hizo completamente aislado, sin socios claros y sosteniendo prácticamente en solitario la mitad de la cancha. Un síntoma claro de un equipo largo, partido y sin conexiones.
Altamirano, por su parte, respondió con esfuerzo y gol, pero terminó ahogado. Su desgaste fue total, obligado a cumplir funciones que exceden su rol natural, otro reflejo del desorden táctico que se repite semana a semana.
El punto de quiebre llegó con el 2-1 a favor. Lejos de consolidar la ventaja, Meneghini desarmó al equipo. Fabián Hormazábal, que venía cumpliendo en su sector, pasó inexplicablemente a jugar por la izquierda. Un movimiento inédito que rompió los equilibrios defensivos y dejó espacios que Limache no dudó en aprovechar.
A eso se sumó la falta de lectura desde la banca. Eduardo Vargas, visiblemente agotado desde el minuto 60, se mantuvo en cancha sin respuesta física ni futbolística. Meneghini nunca tuvo la decisión de sacarlo, hipotecando una zona clave del ataque en un momento donde el equipo necesitaba oxígeno y claridad.
El empate de Yerco González a los 84 minutos no fue casualidad, tras otro horror de Castellón. Fue consecuencia directa de un equipo que pierde forma, orden y sentido con el correr de los minutos. Un equipo que no mejora, que no corrige y que, peor aún, insiste en los mismos errores.
Hoy, la conclusión es inevitable: Universidad de Chile carece de un entrenador apto para sostener un proyecto competitivo. El desorden dejó de ser una excepción. Es la regla. Y en ese escenario, cualquier aspiración se vuelve simplemente ilusoria.