Universidad de Chile volvió desde El Salvador con una sensación demasiado conocida. La caída ante Cobresal no solo golpeó por el resultado o por quedar fuera de puestos de copas internacionales, sino porque instaló nuevamente una percepción que hace tiempo se volvió habitual en el CDA: la U parece resignada a mirar el título desde lejos.
Hoy los azules aparecen séptimos con 17 puntos, a diez unidades del líder Colo Colo tras apenas 12 fechas disputadas. No es un escenario dramático desde la tabla baja, ni mucho menos una lucha por evitar el descenso como ocurrió en temporadas anteriores. El verdadero problema parece ser otro: la incapacidad constante de sostener proyectos competitivos que realmente peleen campeonatos.
La estadística es brutal cuando se observa la última década. Universidad de Chile fue campeón por última vez en 2017 y desde el regreso de los torneos largos en 2018 nunca volvió a conquistar el torneo nacional. Ese año terminó tercero, pero igualmente a cuatro puntos de Universidad Católica. Lo que vino después fue todavía peor.
En 2019 el equipo marchaba 15° entre 16 clubes cuando el campeonato fue suspendido por el estallido social. En 2020 terminó tercero, aunque lejísimos de la UC de Ariel Holan, a 13 puntos de distancia. En 2021 el panorama rozó la tragedia: la U acabó undécima y llegó a la última fecha peleando por no descender.
La crisis deportiva siguió profundizándose. En 2022 terminó 13°, en 2023 apenas alcanzó el noveno puesto y recién en 2024 volvió a ilusionar seriamente a sus hinchas. El equipo fue líder durante gran parte del torneo, pero terminó desplomándose en la recta final mientras Colo Colo levantaba el título. La sensación fue devastadora porque parecía el año del verdadero renacer azul.
Sin embargo, el golpe anímico no terminó ahí. En 2025 los universitarios fueron cuartos, pero terminaron a 20 puntos del líder, reflejando nuevamente una distancia gigantesca respecto de los equipos que dominan el fútbol chileno. Y ahora, en 2026, el escenario vuelve a encender las alarmas.
Más allá del cambio de entrenador, de la salida de Francisco Meneghini y del arribo de Fernando Gago, la U sigue mostrando problemas estructurales. Tiene apenas 11 goles en 12 partidos, uno de los registros ofensivos más bajos de la parte alta de la tabla, y transmite una sensación de fragilidad competitiva que aparece cada vez que enfrenta partidos importantes fuera de Santiago.
Lo más complejo para el mundo azul quizás no sea esta campaña en particular, sino la normalización de la mediocridad competitiva. Porque Universidad de Chile ya no parece vivir temporadas excepcionales lejos de la pelea por el título. Empieza, peligrosamente, a acostumbrarse a ellas.