La actual guerra interna se explica retrocediendo al momento en que la AFA tocó fondo. En diciembre de 2015, un año después del fallecimiento de Grondona, la votación para elegir presidente terminó convertida en el episodio más insólito de su historia: el célebre “38-38”. Había 75 asambleístas habilitados para votar, pero el conteo arrojó 76 sufragios y un empate imposible. Un sobre contenía dos boletas del mismo candidato. La elección quedó anulada, el escándalo dio la vuelta al mundo y la dirigencia mostró una incapacidad total para gobernarse sin la tutela del histórico líder. Ese bochorno marcó el inicio de la acefalía y de un período de ingobernabilidad que abrió un vacío de poder sin precedentes.
La crisis desbordó los límites de Viamonte y terminó en manos de la FIFA, que en 2016 impuso una Comisión Normalizadora encabezada por Armando Pérez, un dirigente con vínculos directos con el entonces presidente Mauricio Macri. El intento de ordenar la institución se transformó rápidamente en otro foco de conflicto: la comisión chocó con los clubes, perdió credibilidad y terminó desactivada. El macrismo, que buscaba influir en la AFA desde afuera, sufrió un revés que dejó libre el camino para que un nuevo actor —hasta entonces periférico— tomara protagonismo: el Ascenso.
En ese vacío emergió Claudio “Chiqui” Tapia, presidente de Barracas Central, que articuló un bloque sólido de clubes menores que se sintieron históricicamente relegados por la elite del fútbol argentino. Su alianza con el sindicalismo, en particular con su suegro Hugo Moyano, aportó la estructura política y el discurso de confrontación que necesitaba para convertirse en alternativa real de poder. Tapia fue presentado como la antítesis del establishment: un hombre surgido desde abajo, respaldado por trabajadores y clubes del interior. Cuando Moyano lanzó su frase “vamos a demostrar que un barrendero puede ordenar la AFA”, no solo defendía a su yerno; estaba instalando un nuevo relato de legitimidad en un sistema quebrado.
Con la elite fracturada y la intervención internacional en retirada, el “Ascenso Unido” se transformó en la fuerza determinante del mapa político. Para 2017, Tapia llegó a la elección prácticamente sin rivales. Su triunfo fue la culminación de un movimiento silencioso que, en poco tiempo, había logrado llenar el vacío dejado por el derrumbe del sistema grondonista y el fracaso de la intervención estatal.
Una vez en el poder, Tapia consolidó su dominio a través de una arquitectura política basada en garantizar estabilidad deportiva a los clubes que lo respaldaban. La eliminación o reducción de descensos, la multiplicación de ascensos y los constantes cambios en los formatos de los torneos no fueron simples ajustes deportivos: fueron mecanismos de blindaje dirigencial. Más del 56% de los clubes del Ascenso mejoraron su posición en la pirámide entre 2017 y 2024, mientras la penalización deportiva se redujo al mínimo histórico. La Asamblea de la AFA, convertida en un órgano dócil y alineado, reforzó un poder interno casi inexpugnable.
A esta estructura se sumó otro factor explosivo: el ascenso vertiginoso de Barracas Central, el club de la familia Tapia, que alcanzó la Primera División tras dos saltos de categoría en tiempo récord. La sucesión de fallos arbitrales polémicos en partidos clave alimentó la sospecha de que el poder de Viamonte influía también dentro de la cancha. La difusión del análisis estadístico de Federico Sturzenegger, que concluía que Barracas recibe un 28% menos de fallos en contra de lo esperable, elevó la controversia al terreno político. El arbitraje se convirtió en símbolo de un sistema bajo sospecha permanente.
La tensión estalló cuando Juan Sebastián Verón, presidente de Estudiantes de La Plata, desafió públicamente a la cúpula de AFA tras el polémico nombramiento por decreto de Rosario Central como campeón de Liga 2025. Su gesto —ordenar un “pasillo de espaldas”— fue una declaración de guerra interna. La respuesta fue fulminante: seis meses de suspensión. La dirigencia entendió el mensaje: la disidencia tendría un castigo ejemplar.
Con el gobierno de Javier Milei impulsando el modelo de Sociedades Anónimas Deportivas y utilizando las controversias arbitrales como argumento para golpear a la AFA, el conflicto escaló a nivel nacional. La disputa dejó de ser deportiva para transformarse en lucha de poder. Mientras tanto, investigaciones judiciales por presunto lavado de dinero y evasión que involucran a Sur Finanzas —una financiera vinculada al entorno de Tapia— abrieron un flanco legal que amenaza directamente la estabilidad de su mandato.
La guerra civil del fútbol argentino, hoy plenamente instalada, no nació en la oposición de Verón, ni en los cuestionamientos al arbitraje, ni en las ofensivas políticas del Gobierno. Nació aquella noche del “38-38”, cuando la AFA quedó expuesta como un organismo incapaz de gobernarse. En ese derrumbe surgió Tapia; en ese vacío construyó su poder; y sobre esas grietas se equilibró un sistema que hoy vuelve a temblar. El bochorno que lo llevó a la cima explica, en gran parte, el incendio que hoy consume al fútbol argentino.