Gianni Infantino volvió a instalar el ruido. El presidente de la FIFA pidió “mantener la mente abierta” para revisar las fechas del Mundial, una frase que en apariencia suena razonable, pero que en el fondo esconde una jugada predecible: preparar el terreno para Arabia Saudita 2034.
La excusa oficial es el clima. Infantino argumenta que los veranos son cada vez más calurosos y que “no todo puede seguir igual que hace 50 años”. Sin embargo, el argumento ambiental parece más una coartada que una preocupación genuina. Al fin y al cabo, el calendario solo se pone en duda cuando el torneo se traslada al Golfo Pérsico, donde jugar en junio o julio es sencillamente imposible.
Detrás del discurso de modernidad se asoma el mismo patrón que ya se vio en Qatar 2022: adaptar todo el fútbol mundial a los intereses de un aliado estratégico. La FIFA, una vez más, parece dispuesta a doblar el calendario, los formatos y hasta las tradiciones con tal de mantener contentos a los nuevos socios de su mapa de poder.
El llamado a la “mente abierta”, más que una invitación al debate, suena como un aviso: los próximos Mundiales se jugarán cuando y donde la FIFA quiera. Y si eso implica volver a alterar las temporadas, paralizar las ligas o trastocar las costumbres del fútbol, poco importa. El negocio, como siempre, manda.