La destitución de Ruben Amorim este 5 de enero cerró otro ciclo fallido en el Manchester United, pero no explicó su crisis: la expuso en toda su magnitud. Los números del técnico portugués son elocuentes y difíciles de maquillar. En 63 encuentros oficiales, el United ganó apenas 25 partidos, empató 15, perdió 23, recibió más goles de los que marcó (122–114) y sumó 90 puntos de 189 posibles. Un 47,7 % de rendimiento que describe a un equipo de mitad de tabla, muy lejos de los estándares históricos del club más exitoso de Inglaterra.
Sin embargo, reducir el análisis al fracaso de Amorim sería caer en la misma lógica cortoplacista que ha guiado al club durante más de una década. Amorim no fue la causa del derrumbe: fue su consecuencia. El Manchester United que recibió ya estaba estructuralmente dañado, sin identidad deportiva, con una plantilla desbalanceada, una infraestructura obsoleta y una cultura interna erosionada por años de malas decisiones.
El punto de quiebre definitivo se remonta a mayo de 2013, cuando Sir Alex Ferguson se retiró tras 26 temporadas al mando. Con su salida no solo se fue el entrenador más exitoso de la historia del fútbol inglés, sino también el último gran dique de contención frente a una propiedad que jamás entendió cómo funciona un club de élite. Ferguson era entrenador, director deportivo de facto, gestor político y garante cultural. Su figura sostenía una estructura que, sin él, quedó completamente expuesta.
La salida simultánea de Ferguson y del director ejecutivo David Gill dejó al club sin liderazgo deportivo real. Por primera vez desde la compra apalancada de 2005, la familia Glazer quedó sin un contrapeso interno fuerte. A partir de ese momento, el Manchester United comenzó a transitar una deriva que nunca logró corregir. La designación de David Moyes como sucesor fue el primer síntoma del desconcierto. Moyes heredó una plantilla campeona pero envejecida, sin refuerzos clave y con una directiva más preocupada de los contratos comerciales que de la evolución del fútbol europeo. El equipo terminó séptimo en la temporada 2013-14, quedó fuera de la Champions League por primera vez en casi dos décadas y fue despedido antes de cumplir un año. No hubo transición ni aprendizaje, solo improvisación.
Lo que siguió fue una secuencia de decisiones reactivas que terminaron por pulverizar cualquier idea de proyecto. Louis van Gaal fue contratado para imponer orden y metodología. Su United fue rígido, previsible y desconectado de la identidad histórica del club. Ganó la FA Cup en 2016, pero su salida confirmó una señal inquietante: ni siquiera los títulos garantizaban continuidad. El club ya no sabía qué quería ser.
José Mourinho llegó en 2016 como una apuesta al pragmatismo extremo. En términos estrictamente numéricos, fue el entrenador más exitoso del United tras Ferguson: ganó la Europa League y la Copa de la Liga en 2017. Sin embargo, su gestión dejó un vestuario fracturado, conflictos públicos con futbolistas clave y una relación tóxica con la dirigencia. Fue despedido en 2018 con el equipo fuera de la pelea por la Premier League y con una cultura interna deteriorada. El United volvió a empezar de cero.
Ole Gunnar Solskjaer representó el refugio emocional. El discurso del “ADN United” volvió a escena, pero el proyecto careció de sustancia táctica. Su equipo fue irregular, dependiente de individualidades y sin una estructura moderna de presión o control del juego. No ganó títulos y su ciclo se desmoronó definitivamente tras el regreso de Cristiano Ronaldo en 2021, una decisión más comercial que deportiva que terminó por romper el equilibrio de un equipo ya frágil.
Erik ten Hag llegó en 2022 como la apuesta más racional desde Ferguson. Venía de imponer una identidad clara en Ajax y parecía el técnico indicado para reconstruir. Ganó una Copa de la Liga y una FA Cup, pero nunca logró estabilizar el rendimiento en la Premier League ni corregir los problemas estructurales de la plantilla. Su salida en 2024 dejó al club otra vez en reconstrucción, con más dudas que certezas.
Ruben Amorim fue el sexto intento en trece años. Y fracasó como todos los anteriores.
Entre 2014 y 2025, el Manchester United fue el club con mayor gasto neto en fichajes de la Premier League. Más de 1.300 millones de euros invertidos en el mercado. El problema nunca fue la falta de dinero, sino la ausencia total de una política deportiva coherente. El club pasó a fichar por impulso, por nombre o por impacto comercial, no por encaje táctico ni planificación a largo plazo. Ángel Di María, Paul Pogba, Alexis Sánchez, Jadon Sancho, Antony: operaciones millonarias con retornos deportivos bajos o directamente nulos.
El United dejó de ser un club que potenciaba jugadores para convertirse en uno que los devaluaba. A diferencia de otros grandes europeos, fue incapaz de generar ingresos relevantes por ventas. Jugadores fichados a precios récord se marcharon libres, cedidos o con pérdidas. La plantilla se llenó de contratos largos, salarios inflados y futbolistas sin continuidad ni identidad. Una bomba financiera y deportiva que explotó una y otra vez en el banquillo.
Nada de esto puede entenderse sin el rol central de la Glazer Family. Desde su llegada en 2005, el club arrastra una deuda que no se utilizó para invertir en fútbol, sino para financiar la compra del propio club. Durante dos décadas, el United ha pagado más de mil millones de libras en intereses, refinanciaciones y dividendos. Recursos que podrían haber sido destinados a infraestructura, cantera o planificación deportiva.
Mientras el club se endeudaba, Old Trafford envejecía sin inversiones estructurales. El estadio pasó de ser referencia mundial a símbolo de abandono, con filtraciones, techos deteriorados y servicios obsoletos. El centro de entrenamiento de Carrington quedó rezagado frente a complejos de clubes con presupuestos muy inferiores. La lógica fue siempre la misma: extraer valor antes que construirlo.
Las protestas de los hinchas contra los Glazer se transformaron en una constante. Marchas, pancartas, boicots simbólicos y un mensaje transversal: el club estaba secuestrado por una familia ausente, desconectada y enfocada en el dividendo, no en la gloria deportiva. El “Glazers Out” dejó de ser consigna para convertirse en diagnóstico.
La identidad del Manchester United también se erosionó. La cantera perdió protagonismo, los jóvenes dejaron de tener continuidad y el primer equipo se llenó de futbolistas de paso, bien pagados, sin arraigo ni sentido de pertenencia. El club dejó de ser un proyecto deportivo para convertirse en un experimento financiero sostenido por su pasado.
Los números de Amorim no son una anomalía, sino una síntesis. Su 47,7 % de rendimiento es coherente con trece años de decadencia. Exigirle revertir un colapso institucional era una ilusión. El Manchester United no fracasó con él. Fracasó mucho antes.
Hoy, el club que alguna vez dominó Europa lucha por no desaparecer del primer plano competitivo. Ya no marca agenda, no impone tendencias y rara vez ocupa portadas por su fútbol. Vive de la inercia de su historia mientras otros construyen el futuro. La familia Glazer no destruyó al Manchester United con una sola decisión. Lo hizo lentamente, año a año, debilitando su estructura, diluyendo su identidad y vaciando su proyecto deportivo. El Teatro de los Sueños sigue en pie. Pero hace tiempo dejó de soñar.