La reprogramación de dos partidos clave de la fecha 29 volvió a despertar una sensación cada vez más instalada en el hincha chileno: la ANFP aplica criterios distintos según el club involucrado. Lo que hace unas semanas era “imposible”, hoy es perfectamente viable. Y cuando las decisiones se mueven con esa facilidad, no es solo el calendario lo que queda en entredicho, sino la credibilidad del organismo que dirige el fútbol chileno.
El contraste es evidente. Cuando Universidad de Chile pidió aplazar el Clásico Universitario por estar disputando las semifinales de Copa Sudamericana, la ANFP fue tajante. Dijo que no había espacio en el calendario, que no existían condiciones reglamentarias y que mover un partido tan avanzado el torneo era inconveniente. La negativa fue inmediata y seca. Paralelamente, se instaló un rumor —que nunca fue aclarado— de que Universidad Católica había solicitado que el duelo no se moviera. Quilín guardó silencio y apuntó a la compleja situación que se vive con TNT Sports y que modificar los planes podía ser perjudicial.
La situación cambió radicalmente al llegar la penúltima fecha. Con el torneo entrando en su zona decisiva, la ANFP reprogramó sin mayor resistencia los duelos Cobresal–Colo Colo (cambio de horario) y Universidad de Chile–Coquimbo Unido (cambio de día). Lo que antes no tenía margen ahora lo tiene. Las razones son similares, las circunstancias comparables, pero la respuesta es otra. Esa flexibilidad repentina deja claro que el problema no era técnico: era de voluntad.
El fútbol puede convivir con errores, pero no con incoherencias tan marcadas. Cuando un organismo es rígido para un caso y sorprendentemente blando para otro, la sospecha es inevitable. La impresión que queda es que hay clubes que encuentran puertas abiertas y otros que chocan contra muros. Si el clásico no se movió porque a la UC no le convenía —y la ANFP nunca transparentó el trasfondo—, pero la fecha 29 sí se adaptó para otros equipos, la falta de consistencia deja expuesta una doble vara evidente.
El punto de fondo es simple: las reglas no pueden depender del escudo. Y cuando eso ocurre, el torneo pierde autoridad, los hinchas pierden confianza y la ANFP pierde su rol como árbitro imparcial. Hoy el problema no es reglamentario, es reputacional. Y en un campeonato que se define en detalles, la institución que lo administra no puede darse el lujo de sembrar dudas sobre a quién beneficia y por qué.