Durante una década, la Copa Chile fue presentada como una vía de integración, competitividad y proyección internacional para clubes fuera del eje tradicional del fútbol chileno. Sin embargo, las sucesivas modificaciones reglamentarias y decisiones administrativas de la ANFP terminaron por erosionar su valor deportivo, simbólico y estratégico, transformándola en un torneo cada vez más marginal dentro del calendario nacional.
En 2015 se cambió el formato y pasó a jugarse toda la edición en un año calendario con un premio mayúsculo: el campeón clasificaba a la Copa Libertadores. Ese salto de cuantía le dio un prestigio a un torneo que venía de capa caída, con los clubes luchando por una opción extraordinaria para meterse en la máxima competencia continental. El formato era tradicional, con una fase de grupos y luego un cuadro eliminatorio desde los octavos de final en adelante. Todo claro.
En 2018, el torneo amplió su espectro competitivo al incorporar equipos de Segunda División y algunos de Tercera A. La medida, lejos de fortalecer su competitividad, profundizó la percepción de una copa desordenada, con grandes diferencias deportivas y escaso incentivo para los clubes de Primera División, que comenzaron a rotar planteles y a tratarla como un certamen secundario.
El proceso se acentuó en 2023, cuando la Copa Chile incluyó a todos los equipos de Tercera A y a más de 15 elencos regionales. Si bien la narrativa oficial apuntaba a la “federalización” del fútbol, en la práctica el torneo perdió jerarquía competitiva, valor comercial y atractivo televisivo. Para muchos clubes profesionales, el riesgo deportivo superaba con creces los beneficios reales.
El golpe final se confirma de cara a 2026. Según la nueva normativa, la Copa Chile deja de entregar un cupo directo a la Copa Libertadores. El campeón deberá disputar una final adicional frente al tercer clasificado del torneo nacional para acceder a la plaza continental. En términos prácticos, se le quita al título su principal razón de ser: ya no garantiza gloria internacional, solo una posibilidad condicionada y ajena al propio torneo.
El resultado es evidente: la Copa Chile ha pasado de ser un trofeo con sentido estratégico —capaz de cambiar la historia de clubes medianos y chicos— a un certamen desdibujado, sin premio claro, sin narrativa potente y sin respeto institucional. Los constantes cambios de formato, la improvisación en sus bases y la pérdida progresiva de incentivos internacionales han instalado la sensación de que el torneo existe más por obligación administrativa que por convicción deportiva.