La escena se repite. Cobresal compite, incomoda y suma. El 3-2 sobre Universidad Católica no es solo un triunfo relevante por el rival, sino por el contexto: un equipo que fue desmantelado y que, aun así, responde. Con 6 puntos de 9 posibles en el inicio del torneo, Gustavo Huerta vuelve a hacer lo que ha hecho durante años: sostener rendimiento en condiciones adversas. Y sin embargo, su nombre rara vez aparece en el radar de los grandes.
El dato es elocuente. Entre 2023 y 2026, Huerta acumula 139 puntos en 93 partidos, con un 49,8% de rendimiento global. Tres de esas cuatro temporadas están por sobre el 50%, con Cobresal instalado como un equipo competitivo dentro de sus posibilidades. No es un peak aislado, es una curva sostenida. A eso se le suma que en 2023 estuvo a nada de coronarse campeón, aunque terminó inclinándose ante el Huachipato de Gustavo Álvarez.
Pero el punto no es solo cuánto rinde, sino en qué contexto lo hace. Porque a diferencia de otros entrenadores del medio, Huerta no ha trabajado con planteles amplios ni con reposición de calidad. Su realidad ha sido otra: reconstruir año a año.
La temporada 2026 es el ejemplo más claro. Cobresal perdió a Alejandro Márquez, Jorge Henríquez, Vicente Fernández, Cristian Toro, Cristopher Barrera, Andrés Vilches, Juan Carlos Gaete, Félix Triñares, Diego Coelho, Franco García, César Munder, Diego Céspedes y Cristhofer Mesías, una base importante del ciclo anterior. En cualquier equipo, eso condiciona el rendimiento. En Cobresal, con Huerta, no ha sido impedimento para competir.
Entonces, ¿qué falta? La respuesta parece estar más fuera de la cancha que dentro de ella. Huerta no es un técnico mediático, no instala relato, no protagoniza conferencias altisonantes ni forma parte del circuito de entrenadores que suele moverse entre los clubes grandes. Su perfil es bajo, su trabajo es silencioso y su validación viene más desde el rendimiento que desde la narrativa.
Para ser precisos, en los útlimos años su rendimiento estadístico en el fútbol chileno es similar al de Francisco Meneghini (Universidad de Chile) y superior al de Fernando Ortiz (Colo Colo). Pareciera que su estilo no llama la atención en Santiago.
En un fútbol donde muchas veces las decisiones pasan por la percepción, ese factor pesa. También influye el tipo de proyecto que ha encabezado. Huerta ha construido equipos funcionales, competitivos, pero alejados del foco central. Cobresal no es vitrina constante, y eso termina impactando en la proyección de su entrenador, incluso cuando los números lo respaldan.
Pero la pregunta sigue abierta. Porque si el análisis se centra en rendimiento, contexto y capacidad de adaptación, el nombre de Gustavo Huerta debería, al menos, entrar en la conversación. El triunfo sobre Católica vuelve a recordarlo. En El Salvador, lejos del ruido, hay un técnico que hace años compite contra todo. Y que, pese a eso, sigue sin ser opción donde más se decide.