La derrota ante Universidad de Concepción dejó mucho más que otros tres puntos perdidos para Universidad de Chile. El 2-1 en el Ester Roa volvió a desnudar problemas individuales que Fernando Gago todavía no consigue solucionar y que tienen como protagonistas a jugadores que, por nombre, experiencia o importancia dentro del plantel, deberían entregar mucho más.
Maximiliano Guerrero, Juan Martín Lucero y Javier Altamirano aparecen como los principales símbolos de ese problema. Tres futbolistas diferentes, con responsabilidades distintas dentro de la cancha, pero unidos actualmente por una misma realidad: su rendimiento está lejos de lo que necesita Universidad de Chile.
Lo de Guerrero quizás sea uno de los casos más evidentes. El extremo tiene velocidad, potencia y condiciones para desequilibrar, pero demasiadas veces sus jugadas terminan en una mala decisión. Llega hasta posiciones interesantes y allí aparece el pase equivocado, el centro que no encuentra destino o una resolución que termina desperdiciando el avance.
En un equipo que necesita romper defensas y encontrar soluciones por las bandas, aquello pesa. Guerrero tiene características que escasean en el fútbol chileno, pero las condiciones por sí solas no alcanzan. La U necesita que esa capacidad para superar rivales se transforme en goles, asistencias y jugadas decisivas.
El caso de Juan Martín Lucero es todavía más complejo. Llegó para ser una de las grandes referencias ofensivas del equipo, pero su aporte goleador ha estado muy por debajo de las expectativas. Un delantero de su trayectoria y, principalmente, de su importancia dentro de la estructura salarial del plantel no puede ser simplemente uno más.
Lucero fue contratado para hacer goles. Para resolver partidos cerrados, aparecer dentro del área y transformarse en una garantía ofensiva. Cuando aquello no ocurre, la discusión sobre su rendimiento es inevitable, porque la vara para evaluarlo tiene que ser proporcional al rol para el cual fue incorporado.
Javier Altamirano representa otro tipo de deuda. Es probablemente uno de los futbolistas técnicamente más capacitados del plantel, pero esa calidad aparece de manera demasiado intermitente. Tiene fútbol, visión y recursos para transformarse en protagonista, pero la U necesita mucho más que chispazos.
Un volante llamado a manejar parte importante del fútbol ofensivo necesita asumir los partidos, pedir constantemente la pelota y hacer jugar al resto. Especialmente cuando el equipo está abajo en el marcador y necesita encontrar caminos ante defensas cerradas.
Eso fue precisamente lo que ocurrió en Concepción. Universidad de Chile pasó gran parte del segundo tiempo teniendo la pelota y empujando al Campanil hacia su área, pero durante largos pasajes fue incapaz de transformar esa posesión en verdadero peligro. A los 80 minutos dominaba territorialmente y seguía perdiendo 2-0.
La U recién encontró el descuento a los 90 minutos mediante Matías Zaldivia y posteriormente recibió una oportunidad casi insólita para buscar el empate. Jorge “Fatura” Broun fue expulsado por doble amarilla y, como Universidad de Concepción no tenía cambios disponibles, Cecilio Waterman tuvo que terminar jugando como arquero.
Ni siquiera ante ese escenario los azules consiguieron rescatar el partido.
Y ahí está el verdadero problema. No se trata solamente de Fernando Gago, de una formación determinada o de los cambios realizados desde la banca. Los futbolistas también tienen responsabilidades y varios nombres importantes del plantel están obligados a entregar bastante más.
Guerrero debe transformar sus condiciones en producción. Altamirano tiene que convertir su talento en influencia permanente sobre los partidos. Y Lucero, sencillamente, necesita hacer aquello para lo que llegó: goles.
Universidad de Chile puede discutir sistemas, entrenadores y decisiones dirigenciales, pero finalmente hay un punto en que la responsabilidad llega hasta quienes pisan la cancha.
Y hoy Guerrero, Lucero y Altamirano son quizás los tres mejores ejemplos de una realidad incómoda: para jugar en la U no alcanza con tener condiciones, trayectoria o buenos antecedentes. Hay que rendir. Y por ahora, ninguno de los tres está dando la talla.