La temporada 2026 del fútbol chileno arrancó con una postal que no pasa desapercibida. En la Supercopa, el primer trofeo oficial del año, los protagonistas no fueron promesas emergentes ni proyectos a futuro, sino dos referentes históricos: Fernando Zampedri, de 37 años, y Lucas Pratto, también de 37. El primero firmó un doblete en el triunfo de Universidad Católica por 4-2 sobre Huachipato; el segundo marcó en el ajustado 3-2 de Coquimbo Unido frente a Limache. Dos partidos, dos goleadores veteranos, y una misma conclusión: el gol en Chile sigue siendo asunto de experiencia.
El fenómeno no es aislado ni circunstancial. Al revisar las plantillas de los clubes de Primera División, el patrón se repite con fuerza. La mayoría de los equipos confía su ofensiva a delanteros que ya superaron la barrera de los 30 años, muchos de ellos en la recta final de sus carreras. Joaquín Larrivey, con 41 años, sigue siendo referencia en Deportes Concepción; Sebastián Sáez, con 40, en La Calera; Zampedri y Pratto, ambos con 37, lideran a la UC y Coquimbo, respectivamente. A ellos se suman nombres como Eduardo Vargas (36), Cristián Palacios (35), Juan Martín Lucero (34), Ronnie Fernández (34) y Andrés Vilches (34), entre varios otros.
Uno de los casos más llamativos es el de Universidad de Chile. El club azul decidió reforzar su ataque exclusivamente con nombres por sobre los 30 años: Juan Martín Lucero (34), Eduardo Vargas (36) y Octavio Rivero (33). Los tres llegaron como soluciones inmediatas, pero ninguno representa una apuesta de proyección. No hay margen para el desarrollo, ni para la reventa, ni para la construcción de un delantero que crezca junto al club. Es rendimiento inmediato o nada.
La tendencia revela un problema estructural más profundo: el recambio ofensivo en Chile es casi inexistente. Hay pocos “9” jóvenes consolidándose en Primera División, y menos aún que sean titulares indiscutidos. Los clubes prefieren apostar por nombres conocidos, con recorrido, experiencia y cierto piso de rendimiento, antes que invertir tiempo y recursos en la formación de nuevos delanteros. El resultado es una liga envejecida en su zona más determinante: el gol.
Este envejecimiento no solo impacta en el juego —menor intensidad, menos presión alta, menor capacidad de sostener ritmos largos—, sino también en el modelo económico del fútbol chileno. Los delanteros veteranos no generan activos, no dejan plusvalías y no alimentan el mercado de exportación. En otras palabras: los clubes gastan, pero no construyen patrimonio deportivo.
La Supercopa 2026 fue apenas el primer síntoma visible de una enfermedad de fondo. Zampedri y Pratto resolvieron partidos importantes, sí, pero también expusieron la falta de alternativas jóvenes en el protagonismo. Hoy, el fútbol chileno no solo depende de sus veteranos: se refugia en ellos. Y eso, más que una virtud, parece ser una señal de alarma.