El 5 de diciembre de 2025, el mandatario estadounidense recibió el primer Premio FIFA de la Paz en un acto oficial dentro del Sorteo del Mundial 2026. Un incentivo cuestionado y que a todas luces aparecía como una manera de congraciarse con el país organizador y su poderoso líder, que una distinción respaldada por una trayectoria y hechos
Hasta ahora la entidad que reúne a todas las federaciones del fútbol mundial no se ha pronunciado ante la noticia que ha revolucionado el acontecer en el mundo. Y seguramente no lo hará, porque no le corresponde hacerlo, como tampoco la de entregar reconocimientos o premios que se escudan en la excusa en que la relación de su presidente, Gianni Infantino con los líderes de los países anfitriones del Mundial 2026, responde a funciones protocolares y de coordinación propias de la organización del torneo.
La FIFA ha tratado de sostener durante muchos años una línea diáfana pero que ha resultado muy zigzagueante en el último tiempo. Le molesta en extremo que los casos conflictivos del fútbol se ventilen en otros ámbitos, como la justicia ordinaria o civil, porque su cofradía está capacitada y es la llamada a dirimir los conflictos de las distintas federaciones. Pero no duda en proyectar un tono y comportamiento adulador, que asemejan un arfueyo por los intereses extras que van más allá de lo deportivo.
Claro, de por medio hay un fin mayor, un evento de magnitudes económicas gigantescas, que ha requerido de todo un entramado político y social con un aliado poderoso y con privilegios que hasta años atrás le eran ajenos, pero que desde hace un tiempo para la FIFA significan la piedra angular de la mantención de sus privilegios.
Hablar u opinar ahora sobre las actitudes de este nuevo aliado y a menos de seis meses de la mayor justa de fútbol en el mundo y a menos de 30 días de haberlo premiado de manera poco comprensible, resultaría no sólo poco prudentes sino que peligrosas y atentatorias para el futuro.