El 7 de junio de 2016 marcó un antes y un después en la historia reciente de Everton de Viña del Mar. Ese día, el Grupo Pachuca oficializaba su desembarco en el fútbol chileno con la promesa de modernizar la institución, potenciar el desarrollo deportivo y posicionar al club como un actor relevante a nivel nacional. Sin embargo, a casi una década de ese hito, hay un elemento que se repite con crudeza: la inestabilidad en la banca.
La salida de Javier Torrente anunciada este lunes 23 de febrero solo alimenta la sensación de un plan que fracasa temporada tras temporada. Ya en 2025 coquetearon con un descenso del que terminaron zafando de manera milagrosa. Este 2026 el arranque los tiene con 0 puntos de 12 posibles, siendo él candidato a caminar rumbo a la Primera B 2027.
Y su pasado reciente es así. Everton ha tenido un flujo constante de entrenadores que evidencia la dificultad para sostener un proyecto en el tiempo. Héctor Tapia abrió el ciclo en 2016, seguido por Pablo “Vitamina” Sánchez, quien tuvo uno de los procesos más largos con 61 partidos dirigidos y un rendimiento cercano al 43%. Luego vinieron etapas más cortas y fragmentadas: Gustavo Díaz, Javier Torrente en múltiples periodos, Christian Ochoa de manera interina y Roberto Sensini, este último con un rendimiento aproximado del 44%.
El periodo más extenso en términos de continuidad lo protagonizó Francisco Meneghini, con 78 partidos entre 2022 y 2024 y un rendimiento del 47%. Sin embargo, ni siquiera ese ciclo logró consolidar una identidad clara o resultados sostenidos que permitieran dar el salto competitivo que el club busca.
Tras su salida, la tendencia se acentuó: Esteban Solari alcanzó un 52% de rendimiento en 32 partidos, siendo uno de los pocos ciclos positivos en la era reciente. Pero rápidamente el club volvió a la inestabilidad: Davis González (100% en un solo partido), Gustavo Leal (17%), Gustavo Dalsasso (33%), Mauricio Larriera (39%) y ahora Javier Torrente, que en su actual etapa apenas alcanza un 13% en sus primeros encuentros.
Los números son elocuentes. Desde 2016, Everton rara vez ha logrado sostener procesos por sobre el 50% de rendimiento, que es el umbral mínimo para aspirar a competir en la parte alta. La mayoría de los ciclos se mueven entre el 35% y el 45%, una zona que instala al equipo en la medianía, lejos de la pelea por títulos y más cerca de la irregularidad estructural.
Este escenario contrasta directamente con el discurso institucional. En 2023, el presidente del club, Pedro Cedillo, planteó abiertamente la ambición de transformar a Everton en el “cuarto grande” del fútbol chileno. Una declaración potente, alineada con la lógica del Grupo Pachuca en México, donde ha desarrollado proyectos exitosos como Pachuca y León.
“En 2023 apostamos a ser el cuarto grande”, sostuvo Cedillo, defendiendo el rumbo del club y el trabajo realizado. Además, respaldó el proceso de Pablo Sánchez en su momento, incluso en contextos adversos, y respondió a las críticas de los hinchas, particularmente en torno al precio de las entradas.
Sin embargo, el problema parece ir más allá de nombres propios. La constante rotación en la banca impide consolidar una idea de juego, desarrollar futbolistas en un sistema estable y generar identificación con el hincha. Cada nuevo técnico implica un nuevo diagnóstico, nuevas prioridades y, muchas veces, nuevos fichajes, lo que termina fragmentando cualquier intento de proyecto a largo plazo.
Everton, bajo la administración del Grupo Pachuca, ha logrado cierta estabilidad institucional y mejoras en infraestructura, pero en lo estrictamente deportivo sigue atrapado en un ciclo de reinicio permanente. La aspiración de ser el “cuarto grande” choca, de momento, con una realidad marcada por decisiones reactivas y una falta de continuidad que se refleja directamente en la cancha.
El desafío, entonces, no pasa solo por elegir al próximo entrenador, sino por sostenerlo. Porque en Viña del Mar, más que nombres, lo que falta es tiempo. Y sin tiempo, no hay proyecto que resista.