La carrera de Erick Pulgar siempre avanzó a contracorriente. Desde que Gustavo Huerta lo identificó en Antofagasta como un “flaco, alto, muy bien dotado técnicamente” y decidió llevarlo al primer equipo, el mediocampista trazó un camino sostenido en la resiliencia. Llegó al profesionalismo con un biotipo ideal para la posición —1,86 metros y gran capacidad técnica— y su salto a Italia consolidó un ascenso que parecía destinado a la élite.
En 2013, Pulgar enfrentó el episodio más duro de su vida cuando fue acusado de atropellar a una persona. El caso, ampliamente comentado en su momento, golpeó su imagen y lo situó en el centro de un debate que excedía lo deportivo. Para un joven de apenas 19 años, que recién comenzaba su carrera profesional, la situación representó un terremoto emocional.
A partir de ahí, su vida tomó un giro que lo obligó a enfrentar la exposición pública, el juicio social y la presión de sostener una carrera en ascenso mientras lidiaba con el escrutinio nacional. Ese capítulo, según su entorno, marcó para siempre la forma en que Pulgar entiende el fútbol y la responsabilidad frente a quienes lo observan. Fue un punto de inflexión que lo endureció, lo volvió más reservado y lo empujó a concentrarse en su rendimiento deportivo como única respuesta posible.
Tras aquella crisis, su carrera retomó vuelo. Primero en Universidad Católica y luego en su salto a Europa, donde en Fiorentina vivió la etapa más sólida de su primer ciclo internacional: 37 partidos en su primera temporada, seis goles, seis asistencias y un valor de mercado que superó los 15 millones de euros. Sin embargo, incluso en sus mejores momentos, su historia siempre tuvo un eco incómodo: Pulgar sabía que para muchos ese episodio seguía siendo parte de su narrativa personal. Y aun así, siguió avanzando. En el viejo continente sumó pasos por Bologna y Galatasaray ante de partir a Río de Janeiro.
En el Brasileirao, Pulgar alcanzó el nivel más alto de su vida futbolística. En Flamengo no solo es titular indiscutido: es el hombre que sostiene el funcionamiento del equipo. La prensa brasileña lo ha calificado con notas sobresalientes en partidos clave, destacando jornadas en Copa Libertadores donde registró un 91% de precisión en los pases y fue catalogado como “el principal responsable de la salida del juego”. En Brasil recuerdan con especial énfasis el duelo ante Santos en el que logró anular a Neymar, una actuación que su propio club celebró públicamente.
El punto más elocuente de su presente lo entregó su entrenador. Filipe Luís aseguró que el chileno “es de selección en cualquier país del mundo” y lo definió como “mi espejo en la cancha”, una frase que resume la dimensión del rol que ocupa en el gigante de Río de Janeiro. Arturo Vidal, que lo conoce desde dentro, lo describió también como “el que mueve los hilos, el motor de Flamengo”. Ningún jugador chileno hoy opera en un ecosistema de tanta exigencia ni acumula un nivel de reconocimiento semejante.
Por eso, la paradoja de su ausencia en la Selección Chilena se ha vuelto un misterio que desconcierta tanto en Brasil como en Chile. Pulgar desapareció de las últimas nóminas sin que existiera una explicación pública del cuerpo técnico. No fueron lesiones, no fue bajo rendimiento, no hubo sanciones disciplinarias conocidas. Simplemente quedó fuera en el momento de mayor forma de su carrera. Desde Brasil, periodistas y analistas se mostraron incrédulos, algunos incluso llegando a sugerir, en tono medio en broma y medio en serio, que si Chile no lo quería, “perfectamente podría jugar por Brasil”.
La distancia entre su presente y su ausencia en La Roja se vuelve más llamativa al observar el momento del fútbol chileno, que carece justamente de un mediocampista con su lectura de juego, su capacidad para manejar tiempos y su precisión en escenarios de presión. Su exclusión, comparada con la convocatoria de volantes que compiten en ligas de menor jerarquía o con menor continuidad, ha sido calificada por especialistas nacionales como una decisión “difícil de justificar” y que “resta seriedad al proceso”.
Hoy, mientras Flamengo lo sitúa en la cúspide futbolística de Sudamérica, Chile asiste a un vacío difícil de explicar. La Roja enfrenta un ciclo irregular, sin identidad clara y con un mediocampo que no logra imponerse, mientras uno de los pocos jugadores chilenos capaces de competir al más alto nivel del continente observa desde afuera sin recibir motivos oficiales. La historia reciente de Pulgar demuestra que ha sabido superar golpes duros, pero esta marginación, en el momento más brillante de su carrera, es probablemente la más incomprensible de todas.
Su caso expone un dilema que tarde o temprano volverá a interpelar a la selección: ignorar a un jugador que Brasil considera indispensable y que semana a semana exhibe métricas de élite es un lujo que un país con escasez de talento internacional no puede permitirse por mucho tiempo. El desenlace aún no está escrito, pero la presión por resultados y la necesidad de un mediocampista de su jerarquía parecen conducir, inevitablemente, hacia su retorno. Y cuando eso ocurra, la pregunta será por qué Chile tardó tanto en mirar hacia Brasil para recuperar a su mejor hombre.