La temporada recién comienza, pero la Primera B ya vive un clima de tensión. En el Estadio Lucio Fariña de Quillota, el árbitro Cristián Droguett validó el gol del empate de Curicó Unido ante San Luis pese a un evidente desvío con la mano en la jugada previa al tanto. Sin VAR en la categoría, la acción no pudo ser revisada y generó la inmediata indignación del técnico Humberto Suazo y de todo el banco quillotano.
El partido terminó 1-1 y dejó aún más frustración en los locales tras un penal desperdiciado en el tramo final. Sin embargo, el foco quedó instalado en el criterio arbitral y en la falta de herramientas tecnológicas para corregir errores evidentes.
La polémica no fue aislada. En Santiago, el juez Nicolás Pozo quedó bajo cuestionamiento tras la derrota de Unión Española ante Deportes Recoleta. El capitán hispano, Patricio Rubio, fue directo al señalar que el árbitro “fue una de las figuras” del encuentro por no cobrar un penal que consideró clarísimo. Las declaraciones del delantero reflejaron el malestar que ya comienza a expandirse en el torneo.
A la crítica de jugadores y entrenadores se sumó la dirigencia. El presidente de Unión San Felipe, Raúl Delgado, apuntó directamente a la ANFP y a su presidente Pablo Milad, exigiendo que “se pongan los pantalones” e implementen el VAR en el ascenso. Para el dirigente, la ausencia de tecnología mantiene en desventaja a la categoría y expone a los clubes a errores que pueden terminar definiendo una temporada.
Dos fechas bastaron para instalar una sensación incómoda en la Liga de Ascenso. Más que el juego, el debate gira en torno al silbato. Y mientras no haya VAR, cada cobro seguirá siendo una discusión abierta.