Paraguay está de vuelta. No necesariamente por su fútbol, ni por una generación dorada capaz de mirar a los grandes de frente, sino por recuperar esa vieja capacidad para transformar un partido en una batalla incómoda, áspera y, por momentos, directamente desagradable. Francia necesitó un penal convertido por Kylian Mbappé para ganar 1-0 y avanzar a los cuartos de final del Mundial, pero el resultado terminó siendo casi secundario frente a la discusión que dejó el equipo de Gustavo Alfaro.
Durante largos pasajes, los paraguayos llevaron el encuentro al terreno que querían. Cortaron el ritmo, cerraron espacios, provocaron a los franceses y jugaron permanentemente en la frontera del reglamento. Codazos, entradas fuertes, discusiones y pequeños golpes fueron parte de un libreto que desesperó a los Bleus y que el árbitro Ilgiz Tantashev nunca consiguió controlar.
La prensa internacional fue lapidaria. En España se habló de un Paraguay “astuto, furtivo y cerrado”, mientras Marca apuntó a una defensa “ayudada por un árbitro que toleró un juego áspero y excesivo”. En Inglaterra, The Athletic calificó la resistencia guaraní como “valiente pero brutal” y acusó a los jugadores paraguayos de multiplicar los “golpes bajos” durante el partido.
The Guardian fue todavía más duro al describir una presentación marcada por “codazos y entradas peligrosas”, asegurando que el principal objetivo paraguayo fue frustrar y molestar a Francia en cada oportunidad. Desde Alemania, Bild tituló “¡Golpes viciosos contra las superestrellas francesas!” y acusó al equipo de Alfaro de utilizar “todos los medios, incluso los más groseros”.
Una imagen que inevitablemente conecta con el Paraguay de otros tiempos. Aquel equipo duro, incómodo y especialista en sobrevivir partidos donde el fútbol aparecía poco. La diferencia es que esta vez el libreto pareció llevado al extremo. Francia sufrió, perdió la paciencia en varios momentos y recién encontró la salida desde los doce pasos.
No todos vieron una carnicería. La Gazzetta dello Sport defendió el planteamiento de Alfaro y sostuvo que la resistencia paraguaya perfectamente podía haber llevado el partido hasta la prórroga. ESPN, por su parte, prefirió hablar de un equipo “combativo” en un encuentro poco elegante y cargado de intercambios calientes.
Paraguay quedó eliminado, pero recuperó una identidad que parecía olvidada. El fútbol mundial volvió a encontrarse con esa selección que muerde, raspa, provoca y lleva cada pelota hasta el límite. El viejo antifútbol paraguayo regresó al Mundial. Y Francia puede dar fe de ello.