El descenso de Deportes Puerto Montt a Segunda División a fines de 2023 no fue una caída más. Fue el terremoto institucional más profundo que haya sufrido el club. Perder la categoría por diferencia de goles, quedar sin los ingresos televisivos y enfrentar la fuga inmediata de apoyo corporativo instaló al Velero en una zona crítica. La institución quedó debilitada, endeudada y sin capacidad de reacción. Ese impacto fue tan severo que el propio técnico Jaime Vera, al iniciar la temporada siguiente, lo definió sin rodeos: “El club está quebrado”.
Ese escenario desembocó en el momento simbólicamente más duro del peregrinaje: la Puertotón, una campaña impulsada por los hinchas para reunir fondos y sostener los costos mínimos del verano. La meta era de $50 millones. Lo recaudado, poco más de seis millones, apenas llegó al 12%. La imagen fue cruda: miles de aficionados movilizados, caravanas por Angelmó, Mirasol y Alerce, pero un resultado que no alcanzaba ni para cubrir un mes de operación. Fue el instante en que Puerto Montt tocó fondo. El club entendió que el amor de la gente era infinito, pero insuficiente para salvar una estructura que necesitaba profesionalización, orden y alianzas de largo plazo.
Desde esa herida nació el proceso de reconstrucción. Vera, con un plantel diezmado y recursos mínimos, impuso una disciplina de austeridad total: nada de hoteles costosos, concentraciones en lugares donde “dieran las cuentas”, viajes con un chef propio que compraba insumos para cocinar barato y un funcionamiento diario diseñado para que cada peso rindiera el doble. Ese modo de supervivencia terminó generando cohesión. La precariedad se transformó en convicción.
La directiva, en paralelo, levantó acuerdos para evitar el colapso. Se sumó un auspicio clave del Grupo Pasmar, que permitió activar ventas, eventos y captación de socios en sus instalaciones. Luego llegó el respaldo de un conjunto de empresas salmoneras, devolviendo al club el vínculo con la actividad económica más importante de la región. Con eso, la caja dejó de depender exclusivamente de la boletería, aunque la hinchada se consolidó como un soporte fundamental: Puerto Montt terminó con una de las mejores asistencias de la categoría, promediando más de tres mil personas por partido y llenando el Chinquihue en momentos clave.
En la cancha, la respuesta fue igual de contundente. Puerto Montt ganó 15 partidos, perdió solo dos y se convirtió en un equipo emocionalmente indestructible. El partido que reflejó mejor ese espíritu no fue la coronación, sino la victoria en Osorno ante Santiago City: más de cuatro mil hinchas viajaron, el equipo terminó con diez jugadores, y aun así sacó adelante un duelo que parecía condenado a complicarse. Fue un retrato perfecto del peregrinaje: adversidad, sacrificio y acompañamiento masivo.
La consagración llegó en casa, ante Provincial Osorno, con un Chinquihue repleto. El 2-0 devolvió al club a la Primera B y cerró un ciclo que había comenzado en el abismo. Era el mismo estadio donde, dos años antes, la institución agonizaba financieramente. La misma hinchada que no logró salvarlo con la Puertotón, pero que terminó siendo decisiva en la reconstrucción del equipo, empujándolo fecha a fecha hacia el ascenso.
El retorno no borra el trauma del pasado, pero sí deja una lección: Puerto Montt renació porque asumió su crisis sin maquillaje, ordenó sus prioridades y convirtió la austeridad en un método. La Puertotón seguirá siendo recordada como el punto más bajo, el día en que se hizo evidente la fragilidad total del club. Pero también será vista como el inicio de un camino donde el Velero volvió a encontrar su rumbo. Hoy, ya en Primera B, Puerto Montt entiende que no puede repetir la historia. El peregrinaje fue demasiado duro como para olvidarlo. Y la ciudad, que volvió a abrazarlo, espera que esta vez el Velero no vuelva a perderse en el mar.