Inglaterra estuvo a cuatro minutos de irse a la prórroga. No era un partido cualquiera, tampoco una jornada menor del calendario. Era una eliminatoria directa, era Inglaterra, era uno de los planteles más poderosos del torneo y enfrente estaba una República Democrática del Congo que llegó sin complejos, jugó con personalidad y estuvo muy cerca de escribir una de las páginas más impactantes de esta Copa del Mundo.
Pero en medio del incendio apareció Harry Kane. El delantero del Bayern Múnich volvió a confirmar por qué sigue siendo uno de los grandes centrodelanteros del planeta y rescató a los Three Lions cuando el equipo de Thomas Tuchel no encontraba caminos, no tenía fútbol y empezaba a mirar de frente una eliminación que habría sacudido por completo al Mundial.
El golpe llegó demasiado temprano para Inglaterra. A los siete minutos, Brian Cipenga sacó un remate potente, bajo y cruzado para vencer a Jordan Pickford y desatar la locura congoleña en Atlanta. Fue el 1-0 para RD Congo y también el primer gran aviso de una tarde que se transformaría en una pesadilla para los ingleses.
Lejos de meterse atrás, el equipo africano entendió perfectamente el partido. Se ordenó, compitió cada pelota, mordió en los duelos y atacó con una valentía que desnudó todos los problemas de Inglaterra. Cipenga fue un dolor de cabeza por la banda, Wissa amenazó cada vez que encontró espacio y el equipo de Sébastien Desabre jugó sin el peso emocional que sí pareció cargar su rival.
Inglaterra tuvo la pelota, pero durante largos pasajes no tuvo fútbol. El equipo de Tuchel acumuló posesión, empujó por inercia y terminó muchas veces dependiendo más de los nombres que de una estructura colectiva clara. Bellingham intentó aparecer, Rashford buscó espacios, Madueke no logró romper y Kane quedó obligado a bajar, descargar, ordenar y también llegar al área. Demasiado trabajo para un solo futbolista.
En ese contexto, Lionel Mpasi comenzó a construir una actuación gigante. El arquero congoleño le sacó remates a Bellingham, respondió ante los centros cruzados, achicó cuando debía y sostuvo una ventaja que con el paso de los minutos empezó a tomar forma de hazaña. Hasta el tramo final, era claramente la figura del partido.
RD Congo incluso pudo aumentar la diferencia antes del descanso. Yoane Wissa apareció en el área y estrelló un remate en el palo, en una acción que pudo cambiar por completo la historia. Inglaterra, golpeada y sin respuestas limpias, se sostuvo como pudo en un partido que ya era mucho más incómodo de lo presupuestado.
La imagen inglesa era preocupante. Porque más allá del resultado, el equipo no transmitía dominio real. Tenía nombres, tenía jerarquía y tenía recursos desde la banca, pero no encontraba una forma convincente de someter a su rival. Tuchel movió piezas, mandó a la cancha a Saka y Gordon, y buscó cambiarle el ritmo a un equipo que necesitaba algo más que posesión para sobrevivir.
Y ahí apareció Kane. Primero para empatar, cuando Inglaterra ya empezaba a jugar contra el reloj y contra su propia desesperación. El capitán encontró el espacio en el área y puso el 1-1, devolviéndole aire a una selección que estaba demasiado cerca del abismo. Fue el gol que cambió el clima del partido, pero no borró las dudas del juego.
Porque Inglaterra siguió sin fluir. Incluso con el empate, el equipo de Tuchel no encontró esa superioridad que se espera de un candidato. RD Congo no se cayó, no se entregó y siguió yendo por el partido, demostrando que su actuación no era casualidad ni una simple resistencia defensiva. Fue un rival atrevido, competitivo y con argumentos para incomodar hasta el final.
Entonces llegó el momento que separa a los buenos jugadores de los decisivos. A los 86 minutos, Kane recibió en zona de castigo y sacó un derechazo demoledor, de esos que no se negocian, de esos que no se atajan. La pelota salió con violencia, rompió la resistencia de Mpasi y terminó en la red para sellar la remontada inglesa. El arquero congoleño, que había sido figura hasta ese momento, poco pudo hacer ante un remate que le rompió el arco.
Fue un golazo. No solo por la ejecución, sino por el contexto. Kane apareció cuando Inglaterra estaba más expuesta, cuando el reloj apretaba y cuando el fantasma del papelón empezaba a instalarse con fuerza. Lo hizo como lo hacen los grandes nueves: sin necesitar demasiado, sin pedir permiso y con una contundencia brutal.
El problema para Inglaterra es que la clasificación no alcanza para esconder todo lo demás. El equipo avanzó, sí, pero volvió a dejar una sensación incómoda. No hay fútbol sostenido, no hay una idea ofensiva convincente y las individualidades siguen siendo el principal salvavidas de un plantel que, por nombres, debería ofrecer mucho más.
Tuchel ganó tiempo, pero no ganó tranquilidad. Porque Inglaterra sobrevivió a un partido que pudo perder perfectamente y que durante largos pasajes jugó al ritmo que quiso RD Congo. La diferencia no estuvo en el funcionamiento colectivo, sino en la jerarquía de Kane, en ese instinto goleador que sigue siendo el gran argumento inglés en los momentos límite.
RD Congo se fue con la frente en alto. Jugó un partidazo, desafió a una potencia mundial y puso contra las cuerdas a una de las selecciones llamadas a pelear por el título. Cipenga dejó una actuación de personalidad, Wissa fue una amenaza constante y Mpasi, pese al gol final, firmó una noche enorme bajo los tres palos.
Inglaterra, en cambio, se fue con la clasificación y con una advertencia enorme. En un Mundial, sobrevivir también cuenta, pero no siempre alcanza. Esta vez lo salvó Kane, el mejor 9 del mundo, el capitán que apareció para evitar la vergüenza y llegar a 13 tantos en esta competencia. Pero si el fútbol no aparece pronto en el equipo de Tuchel, el próximo golpe puede no tener rescate.