Hace apenas unos meses, el ministro del Deporte, Jaime Pizarro, junto a autoridades del Ministerio de Obras Públicas, el IND y representantes del comité organizador del Mundial Sub-20, recorrían los recintos que serían sede del torneo destacando los avances en infraestructura y el estándar internacional que alcanzarían. El discurso era claro: Chile consolidaba su posición como anfitrión de eventos deportivos de primer nivel, con un legado tangible en sus canchas.
La inversión no era menor. El plan global superó los $13.155 millones, contemplando mejoras en el Estadio Nacional, el Elías Figueroa de Valparaíso y el Fiscal de Talca. Solo en el Coliseo Central, la inversión superó los $2.800 millones, con obras que incluyeron camarines renovados, zonas mixtas modernizadas, mejoras en servicios higiénicos y, como eje central, la instalación de césped híbrido de estándar FIFA.
Sin embargo, la realidad actual golpea ese relato. La imagen del campo de juego —con amplias zonas secas, desgaste irregular y parches evidentes— refleja un deterioro que no se condice con una inversión reciente de esa magnitud. El problema no es técnico, es de gestión.
El propio uso del estadio explica gran parte del daño. En los últimos meses, el recinto fue ocupado para conciertos y eventos masivos, siendo el más reciente el show de Chayanne, que dejó la superficie visiblemente afectada. Un patrón que no es nuevo: el mismo artista ya había generado cuestionamientos por el estado en que quedó el césped de Sausalito tras su presentación.
Así, lo que debía ser un legado para el fútbol terminó subordinado a la lógica de explotación comercial de los recintos. El resultado es evidente: canchas que no resisten la carga de eventos, mantenimiento insuficiente y una planificación que prioriza ingresos de corto plazo por sobre el desarrollo deportivo.
El contraste es brutal. Mientras las autoridades hablaban de “cualidades técnicas de primer nivel” y de un país preparado para grandes citas, hoy el fútbol chileno vuelve a competir en superficies lejos del estándar prometido.
En cuatro años de gestión, lejos de avanzar en el cuidado de la infraestructura, se retrocedió. Se invirtieron miles de millones en mejorar estadios que hoy muestran signos de abandono en su uso más básico: albergar fútbol en condiciones óptimas.
El legado, ese que se anunciaba con orgullo, hoy parece haber quedado marcado en el pasto. Y no precisamente como un avance.
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— F3rn4n (@Fernan_Balboa) February 16, 2026