El debut de Gonzalo Figueroa con Deportes La Serena dejó mucho más que dos goles y una asistencia ante Universidad Católica. También abrió una incómoda discusión sobre el verdadero nivel de la Liga de Primera y la escasa renovación de sus principales figuras ofensivas.

Bastaron poco más de 20 minutos para que Gonzalo Figueroa se transformara en el nombre propio de la fecha. El delantero argentino ingresó desde el banco en el empate 3-3 entre Deportes La Serena y Universidad Católica y cambió por completo el partido: marcó dos goles, entregó una asistencia y desnudó todas las falencias defensivas del conjunto cruzado. Hasta ahí, podría tratarse simplemente del estreno soñado de un refuerzo. Pero el origen del atacante hace inevitable una reflexión mucho más profunda.
Figueroa no llegó desde la Primera División argentina ni desde la Primera Nacional. Tampoco era una de las figuras del ascenso más competitivo del continente. El delantero de 26 años aterrizó en Chile procedente de Deportivo Armenio, club de la Primera B Metropolitana, donde anotó 11 goles antes de ser cedido a La Serena. Es decir, provenía de la tercera categoría del fútbol argentino.
Lo preocupante no es el mérito del futbolista, que evidentemente mostró condiciones para destacar. Lo inquietante es que prácticamente no necesitó adaptación para convertirse en la figura de un partido frente a uno de los equipos grandes del país. Si un atacante proveniente de esa categoría marca diferencias desde su primera presentación, la pregunta inevitable es qué tan grande es realmente la distancia entre ambos campeonatos.
La tabla de goleadores también alimenta esa discusión. Fernando Zampedri lidera nuevamente con amplia ventaja y está a las puertas de conseguir su septimo título consecutivo de máximo anotador del torneo. Detrás aparecen nombres como Daniel Castro, de 32 años, quien hace apenas un par de temporadas jugaba en la Segunda División Profesional; Javier Correa, de 33; Eduardo Vargas, de 36; y Sebastián Sáez, que a sus 41 años sigue peleando entre los máximos artilleros.
Ninguno de esos casos merece una crítica individual. Al contrario, todos han sabido extender sus carreras gracias a su profesionalismo y capacidad goleadora. Sin embargo, cuando se observan en conjunto, dejan una sensación incómoda: cuesta encontrar delanteros jóvenes capaces de desplazar a futbolistas que superan ampliamente los 30 años o a jugadores que llegan desde categorías inferiores del fútbol argentino.
Hace no muchos años, el campeonato chileno era una plataforma donde aparecían atacantes de 20 o 22 años que rápidamente daban el salto al extranjero. Hoy esa renovación parece cada vez más escasa. En ese contexto, el estreno de Gonzalo Figueroa deja de ser solamente una gran historia personal para transformarse en un espejo del presente que vive la Liga de Primera.
Quizás el problema no sea que un delantero de la tercera división argentina pueda triunfar en Chile. El verdadero problema es que ya no sorprenda tanto.