El problema del gol en el fútbol chileno no es una percepción ni una conclusión apresurada tras un torneo puntual. Es una realidad que se observa semana a semana en la competencia local. Basta revisar el rendimiento de los jugadores Sub 20, utilizando como referencia la nómina del último Mundial, para constatar una tendencia alarmante: los delanteros jóvenes no están convirtiendo.
Los cinco atacantes Sub 20 que integraron esa generación tienen presencia efectiva en el profesionalismo durante la temporada 2025. Francisco Marchant, en Colo Colo, disputó 669 minutos y convirtió 1 gol. Juan Francisco Rossel, en Universidad Católica, acumuló 792 minutos y anotó 2 goles en todas las competencias. Emiliano Ramos sumó 1.506 minutos con apenas 2 goles, pese a ser uno de los más utilizados por su equipo. Vicente Álvarez, en Unión San Felipe, jugó 1.538 minutos y convirtió 1 gol. Rodrigo Godoy, en O’Higgins, acumuló 1.976 minutos sin convertir goles.
El balance conjunto es contundente: 6 goles en 6.481 minutos entre cinco delanteros Sub 20 que juegan regularmente en el fútbol chileno. Es decir, un gol cada 1.080 minutos, una cifra incompatible con el desarrollo normal de un atacante, incluso en etapas formativas avanzadas.
Lo más relevante es que no se trata de futbolistas sin continuidad. Todos suman minutos reales, varios son titulares habituales y mantienen evaluaciones individuales aceptables. El problema no es la participación, sino la incapacidad de transformar presencia en incidencia directa.
El escenario no mejora cuando el análisis se amplía a futbolistas de 21 años, una edad en la que el despegue ofensivo ya debería ser evidente. Lucas Assadi, en Universidad de Chile, presenta 10 goles y 6 asistencias en 29 partidos, funcionando más como mediapunta productivo que como delantero decisivo. Maximiliano Gutiérrez, en Huachipato, registra 35 partidos, 7 goles y 3 asistencias, con números correctos pero lejos de marcar una diferencia estructural. Martín Mundaca, con 18 años, suma 1 gol en 15 partidos en Coquimbo Unido, reflejo de un proceso ofensivo aún incipiente.
La tendencia es clara y transversal: el fútbol chileno produce jugadores ofensivos funcionales, pero no goleadores. Futbolistas que cumplen roles tácticos, sostienen el juego colectivo y acumulan minutos, pero que no hacen del gol su principal atributo competitivo.
La nómina Sub 20 solo sirve como espejo generacional. Lo que refleja es un problema más profundo: mientras el fútbol chileno no vuelva a formar delanteros capaces de convertir con regularidad en su propia liga, el desierto del gol seguirá siendo una constante imposible de ignorar.