Unión Española vive al borde del precipicio en el Campeonato Nacional 2025. A cuatro fechas del final, con el descenso respirándole en la nuca, la institución transita por una de las crisis más duras desde su refundación como sociedad anónima. Y, en el centro de ese terremoto, aparece —o más bien desaparece— la figura de Jorge Segovia, el empresario español que controla el club desde 2008 y que hoy, en el momento más crítico en casi dos décadas, opera desde el ostracismo absoluto.
El silencio del propietario contrasta con una trayectoria marcada por apariciones mediáticas ruidosas, enfrentamientos con la ANFP, advertencias públicas a clubes rivales y un estilo directivo que, por años, no rehuía el conflicto. Su desaparición de la escena, en plena pugna por evitar el descenso, abre preguntas sobre el rol real que mantiene en las decisiones deportivas y administrativas, sobre su capacidad de conducción a distancia y sobre el legado de una gestión tan influyente como polémica.
La historia de Segovia en Unión Española comenzó mucho antes de este abismo. Su aterrizaje en 2008 significó, literalmente, salvar la institución. El club venía de una quiebra que amenazaba con hacer desaparecer al Santa Laura, y fue el empresario quien pagó la hipoteca y estabilizó las finanzas en los primeros años de operación. Ese rescate económico marcó el origen de un vínculo que remodeló al club en todas las dimensiones, para bien y para mal.
El modelo Segovia permitió generar estabilidad financiera en los primeros años, realizar ventas relevantes —como las de Pablo Aránguiz y Pablo Galdames— y alcanzar un hito deportivo innegable: el título del Campeonato Nacional 2013, la séptima estrella del club, alcanzada bajo José Luis Sierra. Fue un ciclo que combinó inversión, planificación y la capacidad del propietario para retener a un cuerpo técnico cotizado. Sin embargo, incluso aquel logro quedaría marcado por la sombra de los mecanismos de financiamiento provenientes de entidades relacionadas, que más tarde desatarían uno de los capítulos más controvertidos de su gestión.
Porque junto con las luces llegaron sombras profundas. Investigaciones posteriores revelaron transferencias millonarias desde la Universidad SEK —una corporación sin fines de lucro controlada por Segovia— hacia la sociedad anónima del club, mediante contratos opacos y préstamos internos. Ese flujo financiero, que representó casi la mitad de los ingresos del período inicial, gatilló cuestionamientos éticos y regulatorios que aún persiguen su legado. Y, a nivel institucional, los efectos fueron devastadores: en 2010, cuando Segovia ganó las elecciones para presidir la ANFP, terminó siendo inhabilitado por conflicto de interés, provocando una crisis que derivó en la renuncia de Marcelo Bielsa y que marcó para siempre su relación con la dirigencia del fútbol chileno.
El estilo confrontacional del propietario también dejó su huella en el club. Segovia se enfrascó en batallas legales con la ANFP, llevó el caso del polémico “Chile 4” a la FIFA, acusó favoritismos, denunció arbitrariedades y convirtió a Unión Española en un actor permanente del conflicto institucional. Tampoco se privó de confrontar públicamente a Universidad Católica o Universidad de Chile cuando consideró que el club era perjudicado. Su sello siempre fue la exposición, la presión mediática, la polémica, la amenaza litigante.
Por eso sorprende su retiro absoluto en medio de la peor crisis deportiva del último tiempo. Desde España, Segovia ha limitado sus apariciones a mensajes de contención en redes sociales, frases motivacionales o promesas generales a la hinchada, sin asumir públicamente la responsabilidad ni explicar el rumbo que tiene pensado para un club que podría perder la categoría. Este silencio contrasta con la intensidad habitual de su estilo y abre la sensación de una conducción debilitada, distante, desconectada del pulso interno.
El club, además, ha sufrido una cadena de decisiones erráticas. La gestión a distancia ha mostrado sus límites en la conformación del plantel, la lectura de mercado y la evaluación del rendimiento técnico. La rotación constante de entrenadores —incluyendo despidos tempranos motivados por presión ambiental o disconformidad súbita— ha impedido consolidar un proyecto. Las series internas también han sufrido por la falta de continuidad y por la tensión permanente entre la sociedad anónima y la Corporación del club, un conflicto que se agudizó cuando Segovia acusó públicamente a la CDyS de “perjudicar a la institución”.
Las grietas también se reflejan en la estructura ejecutiva. Este año, en medio de la crisis, se produjo un remezón importante: la salida de figuras vinculadas estrechamente al proyecto Segovia y su propia renuncia a la Institución SEK, un gesto que alimentó la percepción de un liderazgo enfriado, más reactivo que propositivo. Sin presencia física constante y con una cadena de mando debilitada, Unión Española parece navegar sin capitán en medio de una tormenta perfecta.
Lo que queda hoy es una institución que enfrenta el riesgo más severo desde la quiebra del 2007. Unión Española se juega el no descender en cuatro partidos dramáticos, comenzando mañana ante Colo Colo, en un duelo que puede marcar tanto la permanencia como el fin de un ciclo. Y mientras el equipo lidia con lesiones, carencias de plantel y un evidente desgaste interno, su propietario observa desde el silencio, sin asumir el protagonismo que por años ejerció con mano dura.
Segovia fue, sin duda, un actor decisivo para evitar la desaparición de Unión Española y para empujarla a las alturas de 2013. Pero también fue el arquitecto de un modelo de gobernanza que mezcló éxito deportivo con riesgos regulatorios, que generó tensiones institucionales profundas y que hoy parece incapaz de sostener a un club que se juega la vida sin su líder visible.
En Santa Laura ya no solo se pelea por puntos: se pelea por la identidad, por la conducción, por el futuro. Y en ese escenario, la ausencia del propietario pesa más que nunca. Porque, aunque el silencio pueda ser estratégico, en momentos como este también puede ser interpretado como abandono. Y Unión Española, hoy más que nunca, necesita dirección, presencia y responsabilidad. Justo lo que Segovia, por ahora, ha preferido no entregar.