La Universidad de Chile no solo fracasó en construir su estadio propio bajo la gestión de Carlos Heller, sino que, según confirmó este domingo Jorge Segovia, presidente de Unión Española, existió una oferta formal de los azules para comprar el Estadio Santa Laura durante aquel período. “Sí, en su momento nos lo planteó Universidad de Chile y les dijimos que no. Fue en la época en la que era dueño Heller”, declaró Segovia en una entrevista con La Tercera, despejando dudas de una iniciativa que hasta ahora era desconocida públicamente.
La revelación del dirigente hispano vuelve a poner sobre la mesa uno de los grandes capítulos no resueltos de la gestión de Heller en Azul Azul: la búsqueda de un recinto propio para la U y su incapacidad tanto para construir uno como para concretar una compra que hubiera resuelto de inmediato la precariedad histórica de localía del club laico.
El 24 de abril de 2014, Universidad de Chile vivió uno de los momentos más simbólicos —y a la vez más contradictorios— de su historia reciente. En los terrenos de Laguna Carén, en la comuna de Pudahuel, el entonces presidente de Azul Azul, encabezó una ceremonia oficial que fue presentada como el primer gran paso hacia el anhelado estadio propio del club. Hubo discursos, renders, plazos definidos y un mensaje inequívoco: la U, por fin, tendría casa. Ocho meses después, el proyecto estaba oficialmente muerto.
La puesta en escena: promesa de estadio y señal política
La ceremonia se realizó con la presencia de autoridades universitarias, dirigentes de Azul Azul y representantes del mundo político. Heller habló de un recinto para cerca de 35 mil espectadores, con una inversión cercana a los US$50 millones, más un complejo deportivo adicional. En ese momento, el dirigente transmitía seguridad y convicción. “Este es un proyecto país”, sostuvo públicamente, defendiendo la idea de compatibilizar el estadio con el desarrollo del Parque Científico y Tecnológico de la Universidad de Chile.
El mensaje era claro: Laguna Carén sería el lugar definitivo. Incluso se habló de plazos acotados y de una voluntad institucional alineada entre la concesionaria y la Casa de Estudios. Sin embargo, bajo la superficie, el proyecto ya arrastraba problemas estructurales que nunca fueron transparentados en esa puesta en escena.
El obstáculo que nunca se resolvió: la trampa regulatoria
Laguna Carén estaba —y sigue estando— clasificada por el Plan Regulador Metropolitano de Santiago como Área Verde Metropolitana, lo que limita la constructibilidad a solo el 1% del terreno. En términos prácticos, eso significaba que el estadio ocuparía prácticamente toda la superficie edificable permitida, dejando sin espacio al proyecto académico que justificó la donación estatal del predio en 1994.
Años más tarde, el propio Heller reconocería el punto crítico del conflicto: al avanzar los estudios, la nueva rectoría de la Universidad de Chile entendió que, si se construía el estadio, “no cabía nada más” en el terreno. Esa constatación selló el destino del proyecto. Para modificar esa condición se requería cambiar el Plan Regulador Metropolitano, un proceso largo, político y sin plazos definidos, incompatible con las urgencias corporativas de Azul Azul.
El riesgo institucional y el retiro de la Universidad de Chile
El predio de Laguna Carén no era un terreno cualquiera. Había sido entregado por el Estado con un fin específico: el desarrollo de un parque científico y tecnológico. Además, arrastraba un historial complejo de mala gestión y cuestionamientos por uso de recursos públicos en décadas anteriores. Utilizar ese activo para un proyecto de una sociedad anónima con fines de lucro abrió un flanco político y reputacional que la universidad no estuvo dispuesta a asumir.
Bajo la rectoría de Ennio Vivaldi, la Universidad de Chile optó por replegarse y reafirmar su misión pública. La barrera regulatoria se transformó, en los hechos, en la salida institucional para abortar el proyecto sin asumir un conflicto mayor. El estadio dejó de ser una prioridad frente al desarrollo académico del parque.
El final formal: Hecho Esencial y marcha atrás
El 10 de diciembre de 2014, Azul Azul comunicó oficialmente a la Superintendencia de Valores y Seguros el finiquito del Memorándum de Entendimiento con la Universidad de Chile. En el Hecho Esencial, la concesionaria sostuvo que el proyecto era técnicamente viable, pero que los problemas detectados requerían “un tiempo más largo del que dispone Azul Azul para la ejecución de su proyecto”.
La frase fue clave: no se habló de inviabilidad definitiva, sino de plazos. Sin embargo, en los hechos, el estadio de Laguna Carén había fracasado. Para entonces, la dirigencia ya había activado un plan alternativo en La Pintana y comenzaba a explorar otras opciones, entre ellas —como hoy se sabe— la posibilidad de adquirir Santa Laura, oferta que Unión Española terminaría descartando.
De la inauguración simbólica al vacío estructural
La ceremonia de 2014 quedó como una postal incómoda. Un acto pensado para marcar un antes y un después terminó convirtiéndose en el símbolo de una promesa mal evaluada, de una debida diligencia incompleta y de la distancia entre el relato público y la realidad regulatoria.
Laguna Carén no fue solo un proyecto frustrado: fue el punto de partida de una seguidilla de fracasos que explican por qué, más de una década después, Universidad de Chile sigue sin estadio propio. Y por qué aquella inauguración encabezada por Carlos Heller permanece como uno de los hitos más elocuentes de una gestión que prometió casa propia, pero nunca logró poner la primera piedra real.