Marcelo Bielsa volvió a quedar bajo la lupa de una Copa del Mundo. El empate 2-2 de Uruguay frente a Cabo Verde no solo complicó seriamente las opciones de la Celeste en el Grupo H, sino que reabrió un debate que acompaña al técnico argentino desde hace más de dos décadas: la distancia entre el prestigio de su idea futbolística y los resultados obtenidos en la máxima cita del fútbol mundial. La prensa uruguaya reaccionó con dureza, los cuestionamientos reaparecieron y el propio entrenador debió asumir responsabilidades tras un resultado que dejó a su equipo obligado a jugarse la clasificación ante España.
La crítica fue especialmente feroz porque Uruguay llegaba al torneo con credenciales importantes. Durante el proceso clasificatorio mostró pasajes de gran nivel, derrotó a selecciones de primer orden y alimentó la sensación de que podía transformarse en uno de los animadores del Mundial. Sin embargo, tras dos fechas apenas suma dos empates ante Arabia Saudita y Cabo Verde, rivales que en el papel parecían abordables para una selección que aspiraba a llegar lejos.
Tras la igualdad ante los africanos, Bielsa no buscó excusas. El rosarino reconoció que la explicación principal estuvo en la pérdida de control del partido. "Lo determinante fue que cedimos el protagonismo", señaló el entrenador al analizar el encuentro. La frase golpeó porque toca uno de los pilares fundamentales de su propuesta futbolística: la presión alta, la agresividad para recuperar el balón y la necesidad de dominar territorialmente al rival. Cuando Uruguay dejó de hacerlo, Cabo Verde encontró espacios y terminó rescatando un empate que puede tener consecuencias enormes en la definición del grupo.
La reacción de la prensa uruguaya fue inmediata. Algunos medios hablaron de una selección "al borde del precipicio", mientras otros describieron la actuación como el derrumbe de una ilusión que se había construido durante las Eliminatorias. El cuestionamiento no apuntó únicamente a errores individuales o fallas defensivas. También volvió a instalar una discusión recurrente alrededor de Bielsa: si sus equipos son capaces de sostener su modelo cuando la presión aumenta y los márgenes de error desaparecen.
No es una discusión nueva. De hecho, acompaña al entrenador desde el episodio más traumático de toda su carrera: el Mundial de Corea y Japón 2002. Aquella Argentina llegó al torneo como una de las grandes favoritas al título después de protagonizar una campaña histórica en las Eliminatorias Sudamericanas. El equipo había terminado primero con una amplia diferencia sobre el resto, acumulando registros que todavía son recordados como algunos de los mejores en la historia de la selección argentina. Bielsa fue reconocido incluso como el mejor seleccionador nacional del mundo en 2001 y su equipo parecía reunir todo lo necesario para pelear por la Copa del Mundo.
La nómina estaba repleta de figuras. Gabriel Batistuta, Hernán Crespo, Juan Sebastián Verón, Ariel Ortega, Roberto Ayala, Diego Simeone, Javier Zanetti y Claudio López integraban una generación que combinaba experiencia, talento y presente internacional. Argentina era candidata para muchos analistas y aparecía entre los nombres que podían discutirle el título a Francia, Brasil o Italia.
Sin embargo, todo se derrumbó en cuestión de días. La Albiceleste debutó con un triunfo por 1-0 sobre Nigeria, pero luego cayó ante Inglaterra en uno de los partidos más recordados de aquella Copa del Mundo, definido por un penal convertido por David Beckham. En la última jornada necesitaba derrotar a Suecia para clasificar y apenas consiguió un empate 1-1. El resultado la dejó eliminada en primera ronda, una situación impensada para un equipo que había llegado a Asia como favorito al título.
El golpe fue devastador. La eliminación fue considerada una de las mayores frustraciones en la historia reciente del fútbol argentino y provocó una avalancha de críticas contra Bielsa. Años después, distintas reconstrucciones de la época relataron cómo el entrenador quedó profundamente afectado por aquel fracaso, al punto de aislarse durante meses tras regresar desde Japón. Pese a ello, Julio Grondona decidió sostenerlo en el cargo, convencido de que el proceso seguía teniendo valor más allá del resultado puntual.
Ese episodio marcó para siempre la carrera del rosarino. Porque mientras su legado táctico se expandía por el mundo y entrenadores como Pep Guardiola, Mauricio Pochettino o Jorge Sampaoli reconocían públicamente su influencia, la herida del Mundial 2002 seguía apareciendo cada vez que una de sus selecciones enfrentaba un escenario límite. Reuters recordó recientemente que Bielsa continúa cargando con el peso de aquel fracaso, considerado el gran lunar de una trayectoria que cambió la forma de entender el juego para varias generaciones de entrenadores.
Su paso por Sudáfrica 2010 con Chile pareció ofrecer una reivindicación parcial. La Roja logró regresar a una Copa del Mundo después de doce años de ausencia, avanzó a octavos de final y mostró una identidad reconocible. Venció a Honduras y Suiza, cayó ante España y luego fue eliminada por Brasil. Hasta hoy, sigue siendo la mejor actuación mundialista de Bielsa como seleccionador. Sin embargo, tampoco alcanzó para borrar completamente los cuestionamientos que dejó Corea-Japón 2002.
Ahora, dieciséis años después de aquella aventura con Chile, la historia vuelve a colocar a Bielsa en una situación incómoda. Uruguay necesita un resultado importante frente a España para seguir con vida y evitar que este Mundial se transforme en otro capítulo doloroso dentro de su historial. El propio entrenador reconoció que la tarea será un "desafío gigantesco", consciente de que los dos puntos obtenidos hasta ahora están muy lejos de lo que esperaba antes del inicio del torneo.
La paradoja vuelve a instalarse. Pocos entrenadores han influido tanto en el fútbol moderno como Marcelo Bielsa. Su metodología, sus conceptos tácticos y su obsesión por el detalle son admirados en todo el mundo. Sin embargo, cuando llega la Copa del Mundo, el escenario donde se construyen las leyendas definitivas, los resultados siguen sin acompañar el prestigio de la idea. Y tras el empate frente a Cabo Verde, el bielsismo vuelve a enfrentarse a la misma pregunta que lo persigue desde 2002: si su revolución futbolística es capaz de sostenerse cuando el examen es el más importante de todos.