El próximo rival de Chile en el Mundial Sub 20 no es un equipo cualquiera. Egipto, tierra de faraones, pirámides y cultura milenaria, hoy también es cuna de una revolución futbolística que comenzó con el brillo de un hombre: Mohamed Salah. El delantero del Liverpool transformó no solo la percepción del jugador egipcio en Europa, sino también la manera en que su país se relaciona con el fútbol. Hoy, su nombre es sinónimo de orgullo nacional, símbolo de superación y referente para una generación que creció soñando con imitar sus gambetas y su disciplina.
La irrupción de Salah a mediados de la década pasada coincidió con un momento en que Egipto buscaba reponerse de una sequía internacional. La selección, que dominó África con tres Copas de Naciones consecutivas (2006, 2008 y 2010), se había quedado fuera de varios mundiales y parecía estancada. Sin embargo, el atacante nacido en Nagrig rompió esa barrera: llevó a su país al Mundial de Rusia 2018, conquistó Champions League con Liverpool y se consolidó como uno de los mejores jugadores del planeta. Su ejemplo impulsó el interés de academias, motivó a clubes locales a mejorar sus estructuras y, sobre todo, inspiró a jóvenes talentos.
Uno de ellos es Omar Marmoush, actual jugador del Manchester City. Con apenas 25 años, ya es considerado la segunda gran carta ofensiva del fútbol egipcio. Junto a él, Mahmoud “Trézéguet” Hassan, hoy figura del Al Ahly, confirma que el “Efecto Salah” fue más que un fenómeno mediático: es un modelo de exportación y de consolidación local. Europa mira con otros ojos a los jugadores del país africano, mientras que los grandes clubes egipcios, liderados por Al Ahly y Zamalek, se fortalecen con figuras de renombre que sirven de ejemplo para las nuevas generaciones.
El fútbol, sin embargo, no solo impacta en la élite. En Egipto, se ha transformado en un motor social. En medio de tensiones políticas y dificultades económicas, el deporte es un punto de encuentro y orgullo nacional. Los partidos de la selección paralizan las ciudades; las calles se tiñen de rojo, blanco y negro; y Salah se ha convertido en un ícono que trasciende el césped, con campañas solidarias en su pueblo natal y un rol como embajador cultural. “Cuando Salah juega, todo Egipto juega con él”, decía hace poco un medio local.
En ese contexto llega el combinado Sub 20 que enfrentará a Chile. No será un rival menor: los faraones juveniles cargan con la expectativa de prolongar el legado y mostrar que el trabajo en divisiones menores comienza a dar frutos. La Federación Egipcia ha reforzado la formación con convenios internacionales y preparación en ligas europeas, lo que convierte a esta selección en un adversario con ambición, energía y una motivación que trasciende lo deportivo: demostrar que Egipto ya no es solo un país que exporta estrellas aisladas, sino una nación que busca consolidar su lugar en el mapa del fútbol mundial.