La eventual salida de Michael Clark de la presidencia de Azul Azul no abre, por ahora, un escenario de renovación. Por el contrario, el nombre que comienza a instalarse como su reemplazo —Cristián Aubert— representa exactamente lo contrario: la continuidad del mismo eje de poder que hoy tiene al club sumido en una crisis institucional y de credibilidad sin precedentes. Eso al menos ya se empieza a hablar en los pasillos del CDA.
Aubert volvió al directorio en abril, impulsado por el bloque controlador, en un momento en que Azul Azul ya mostraba signos evidentes de fractura interna. Junto con él llegó el tuitero Aldo Marín, reconocido hincha del club con nula trayectoria dirigencial. Su regreso no respondió a una demanda externa ni a un consenso amplio, sino a una necesidad estratégica del Grupo Clark: blindar la gobernabilidad ante un escenario adverso que ya se veía venir.
Hoy, ese escenario es una realidad. La sanción de la CMF contra Clark, la presión pública, el desgaste político y, sobre todo, la decisión del Grupo Schapira —segundo accionista más relevante tras el bloque controlador— de poner a la venta su participación, configuran una señal inequívoca: el proyecto actual perdió legitimidad. No solo deportiva, sino institucional.
En ese contexto, la figura de Aubert no aparece como ruptura, sino como pieza de reemplazo dentro del mismo engranaje. Fue Aubert quien facilitó el traspaso de las acciones de Carlos Heller al grupo que hoy controla Azul Azul. Fue Aubert quien legitimó institucionalmente la llegada de Clark y Sartor. Fue Aubert quien garantizó continuidad operativa cuando el club cambió de manos sin transparencia total sobre los controladores finales y con opacas luces de los verdaderos dueños de los destinos de la U.
Ese diagnóstico se refuerza al revisar la última vez que Cristián Aubert ejerció la presidencia de Azul Azul, entre 2020 y 2021. Lejos de encarnar un período de estabilidad o conducción virtuosa, su mandato quedó marcado por la etapa más oscura del club en términos deportivos e institucionales. La Universidad de Chile se salvó del descenso de manera agónica, en la última fecha del torneo, con un triunfo desesperado ante Unión La Calera en Rancagua, en un contexto de improvisación, errores acumulados y un equipo al borde del colapso.
No fue una salvación planificada ni resultado de un proyecto: fue un milagro deportivo que expuso el fracaso estructural de la administración. Aquella campaña selló una de las páginas más negras de la era de las sociedades anónimas en la U y dejó en evidencia que la continuidad de los mismos actores no garantiza estabilidad, sino que puede profundizar el desgaste.
El mensaje implícito del bloque controlador es claro: si Clark cae, no habrá giro, ni autocrítica, ni revisión del modelo. Habrá administración del daño. Y Aubert es visto como el perfil ideal para eso: conoce el funcionamiento interno, maneja los vínculos con reguladores, entiende la lógica financiera y no cuestiona el fondo del proyecto. Es más de lo mismo, pero con menos ruido.
La venta de acciones del Grupo Schapira desnuda el fondo del problema. No se trata de una disputa menor ni de diferencias personales. Es una ruptura política y ética con la forma en que Azul Azul ha sido conducida, con acusaciones directas sobre opacidad, desgaste y una experiencia que se volvió “ingrata”. Que la respuesta del oficialismo sea apostar por Aubert refuerza la idea de que el controlador no busca recomponer confianzas, sino sostener el control.
Aubert no representa un nuevo ciclo. Representa la administración prolongada de un modelo agotado, el mismo que hoy tiene al club cuestionado por accionistas, observado por reguladores y desconectado de cualquier proyecto institucional compartido. Cambiar a Clark por Aubert no altera la matriz: solo cambia al ejecutor.