La crisis del arbitraje chileno sumó un nuevo capítulo en Calama. Unión San Felipe terminó completamente indignado tras perder ante Cobreloa en un partido que quedó marcado por una acción determinante en los minutos finales, cuando el marcador aún estaba abierto y el equipo aconcagüino empujaba en busca del empate.
Corría el minuto 87 cuando Bairo Riveros cayó dentro del área tras un pisotón que desató el reclamo inmediato de todo San Felipe. Sin embargo, lejos de sancionar la infracción, el juez Rodrigo Carvajal decidió amonestar al delantero por simulación, lo que significó su segunda tarjeta amarilla y, por ende, la expulsión. De una posible igualdad desde los doce pasos, el cuadro visitante pasó a quedarse con diez jugadores en el momento más caliente del partido.
La reacción fue inmediata. En la banca, el técnico Luis Landeros no ocultó su furia y encaró al cuarto árbitro, Fabián Reyes, en un reclamo que reflejó la sensación de impotencia que se repite fecha a fecha en el torneo. “A ustedes les dan una fecha” y “nosotros nos vamos para la casa seis meses”, lanzó visiblemente molesto, apuntando a la disparidad de consecuencias entre errores arbitrales y los costos deportivos para los equipos.
El golpe fue doble para San Felipe. No solo se quedó sin la opción clara de empatar, sino que además terminó condicionado por una expulsión que terminó de sentenciar el trámite. En un torneo largo y competitivo como la Primera B, este tipo de decisiones no solo afectan un resultado puntual, sino que pueden marcar el rumbo completo de una temporada.
La polémica en Calama vuelve a instalar una discusión que ya parece estructural en el fútbol chileno: la falta de consistencia en los cobros, la ausencia de herramientas como el VAR en la categoría y la sensación creciente de que los errores arbitrales terminan teniendo un impacto demasiado alto en la competencia.