Lo que hoy vive el Valencia CF no es solo el resultado de malas decisiones deportivas, sino la consecuencia de un modelo de administración donde el club dejó de ser el centro del proyecto. En su lugar, se impuso una lógica de mercado dominada por intermediarios, operaciones financieras de corto plazo y una rotación permanente de activos. En ese esquema, la figura de Jorge Mendes —el representante más influyente del fútbol mundial— se transformó en un actor clave. No como gestor formal, sino como arquitecto invisible de un ecosistema donde los intereses de sus representados terminaron pesando más que los del propio club.
Para dimensionar el tamaño de la caída, es necesario recordar qué era el Valencia a comienzos de siglo. Campeón de La Liga en 2002 y 2004, finalista de la Champions League en 2000 y 2001, ganador de la Copa UEFA en 2004 y de la Supercopa de Europa ese mismo año, el club era una potencia consolidada del fútbol español. Tenía identidad, estructura y una continuidad deportiva reconocible. Mestalla era un estadio temido en Europa y el equipo era habitual en las grandes citas continentales.
Ese modelo comenzó a resquebrajarse con la crisis financiera de fines de los 2000. El club se endeudó fuertemente por la construcción del nuevo estadio —nunca terminado— y comenzó a vender jugadores para sostenerse. David Villa, David Silva, Juan Mata y Joaquín salieron en pocos años. Aun así, el Valencia logró mantenerse competitivo hasta principios de la década de 2010, clasificando a Champions League y sosteniendo un estándar alto.
El punto de quiebre definitivo llegó en 2014, cuando Peter Lim compró el club. La operación fue facilitada por el entorno de Jorge Mendes, quien desde entonces se convirtió en un actor transversal del proyecto. No figuraba en el organigrama, pero su influencia era evidente: fichajes, ventas, entrenadores y decisiones estratégicas empezaron a responder a una lógica que excedía lo deportivo.
Desde ese momento, el Valencia se transformó en una plataforma de circulación. Jugadores como André Gomes, João Cancelo, Rodrigo Moreno, Gonçalo Guedes, Rubén Vezo, Eliaquim Mangala y otros ligados al ecosistema Mendes pasaron por el club en ciclos cortos, muchas veces sin que existiera una idea de juego estable o una planificación de largo plazo. El equipo no se construía: se ensamblaba.
El problema no era la calidad de los futbolistas —muchos rendían—, sino el sentido de su presencia. Valencia dejó de construir equipos: empezó a ensamblar vitrinas. Jugadores jóvenes, revalorizables, con alta proyección de venta y contratos funcionales a futuras transferencias. Cuando el rendimiento los hacía atractivos, se iban. Cuando no explotaban, se descartaban. El club no ganaba continuidad; ganaba movimiento.
Incluso cuando llegaron resultados, el modelo no cambió. En 2019, Valencia ganó la Copa del Rey frente al Barcelona y clasificó a Champions League. Era el momento natural para consolidar un proyecto. Ocurrió lo contrario: el club desarmó el plantel, vendió figuras y entró en una espiral de inestabilidad que no se ha detenido. Marcelino fue despedido pese a sus buenos resultados. El mensaje fue claro: el proyecto deportivo era secundario.
Esta lógica fue vaciando al Valencia de identidad. El equipo que supo ser competitivo en Europa, que tenía una base reconocible, pasó a reinventarse cada temporada. Los entrenadores perdieron poder real: sus decisiones eran secundarias frente a las oportunidades de mercado. La dirección deportiva se convirtió en una oficina administrativa. El hincha dejó de reconocer a sus referentes.
Jorge Mendes no era presidente ni director deportivo, pero su influencia era estructural. No hacía falta sentarse en la mesa: su red de contactos, su control sobre decenas de jugadores de élite y su capacidad de abrir o cerrar mercados lo convertían en un actor con más poder que cualquier funcionario del club. Valencia se transformó en una estación dentro de un circuito global de transferencia de talentos, no en un proyecto con autonomía.
En la última década, el club pasó de pelear por Champions League a luchar por no descender. Las temporadas 2020–21, 2021–22 y 2022–23 estuvieron marcadas por campañas irregulares, cambios constantes de entrenador y planteles cada vez más debilitados. El descenso dejó de ser una hipótesis y pasó a ser una amenaza concreta. La hinchada, históricamente exigente, pasó de reclamar títulos a implorar estabilidad.
Ese mismo modelo empieza a encontrar terreno fértil en Chile. Clubes que ya no piensan en ciclos, sino en ventanas de mercado. Planteles que cambian por completo cada seis meses. Entrenadores que no eligen refuerzos, sino que los reciben. Juveniles que no se desarrollan: se exhiben. La institución deja de ser el sujeto del proyecto y pasa a ser el objeto.
Cuando el representante se transforma en el verdadero eje de decisiones, el club se vacía de poder. Se vuelve dependiente. Pierde planificación, pierde identidad y pierde arraigo. Valencia es el caso más visible de ese proceso: un gigante europeo reducido a una estructura frágil, inestable y sin rumbo.
En Chile, la pregunta ya no es si esto puede pasar. Es si ya está pasando.