El estreno de Boca Juniors ante Universidad Católica en el Claro Arena no es un partido más. Es, en rigor, el punto de partida de una temporada que el propio club asume como redentora, luego de dos años consecutivos sin disputar la fase de grupos del torneo continental. La herida más reciente sigue abierta: la eliminación en la Fase 2 de la edición 2025 ante Alianza Lima, en una serie que terminó en penales y que dejó al equipo nuevamente fuera del principal escenario sudamericano.
Aquella caída no solo tuvo impacto deportivo, sino también económico y simbólico. Boca pasó de ser protagonista habitual a mirar la Copa desde afuera, acumulando frustraciones y alimentando una deuda con su hinchada. En ese contexto, el regreso a la fase de grupos en 2026 se vive como una obligación más que como una oportunidad: ganar es la única vía para recomponer el crédito perdido.
La presión se explica también en los resultados recientes. El 2025 fue un año marcado por la inestabilidad, con eliminación temprana en Copa Libertadores, salida en Copa Argentina y cuatro entrenadores distintos en una misma temporada. A eso se sumó el golpe emocional por la muerte de Miguel Ángel Russo, el último técnico campeón del club en 2007, profundizando una sensación de crisis estructural.
En ese escenario, la figura de Juan Román Riquelme aparece en el centro del debate. Ratificado como presidente con un amplio respaldo electoral, el exenganche sostiene un discurso ambicioso, pero también confrontacional. “Este año vamos a ganar todo”, lanzó en la previa del debut, intentando instalar confianza en medio de las dudas.
Sin embargo, su gestión ha sido duramente cuestionada. Desde distintos sectores se critica la concentración de decisiones en su figura y la falta de un proyecto deportivo sólido. El exdelantero Pablo Mouche fue directo: “Basta del yo, yo, yo... no podés seguir siendo víctima del periodismo; tenés que soltar y ocuparte de la gestión”.
A esas voces se suman otras aún más duras. Mario Pergolini, exvicepresidente del club, afirmó que “nuestro presidente no sabe comprar”, apuntando directamente al mercado de fichajes, mientras que Oscar Ruggeri cuestionó el liderazgo del actual entrenador: “No veo en Úbeda la fuerza de pararse delante de un grupo y decir cómo son las cosas”.
Este clima explica por qué la Libertadores se transformó en una obsesión. Boca no levanta el trofeo desde 2007 y la “Séptima” se convirtió en un mandato institucional. No es solo un objetivo deportivo: es la vara con la que se mide la gestión de Riquelme y el futuro político del club. Cada partido, y especialmente el debut, se juega también fuera de la cancha.
En lo futbolístico, el equipo llega con una leve recuperación en el torneo local, incluyendo una racha invicta reciente y un triunfo ante Talleres que dio algo de oxígeno. Sin embargo, las dudas persisten, especialmente en el funcionamiento colectivo y en la regularidad de figuras clave.
Por eso, el duelo ante Universidad Católica aparece como un examen inmediato. Boca no solo debe sumar puntos: necesita mostrar señales claras de competitividad internacional, romper la inercia negativa de sus últimos debuts y, sobre todo, empezar a saldar una deuda que ya supera los 18 años.
En Santiago, entonces, no se juega solo un partido. Se juega el inicio de un camino que definirá el rumbo deportivo, institucional y político de Boca Juniors en 2026. Porque en este club, la Copa Libertadores no es un torneo más: es la única medida válida del éxito.