El debut de Colo Colo en el campeonato nacional fue nefasto. En 30 minutos Limache ya lo superaba por 3-0 en una presentación pobrísima de un equipo de Fernando Ortiz ampliamente superado por un rival, en el papel, inferior. Rápidamente saltaron los nombres del entrenador, jugadores e incluso Daniel Morón al banquillo de los acusados, pero muchos se acordaron también de Aníbal Mosa.
Es que desde su regreso al sillón de Blanco y Negro en abril de 2024 el panorama cambió abruptamente. Ese año, con Jorge Almirón en el banco, se selló el retorno de Arturo Vidal, se alcanzaron los cuartos de final de la Copa Libertadores tras una sequía de seis años sin superar la fase de grupos. Un hito en el ámbito internacional que se repitió en el torneo local: tras estar diez puntos abajo de Universidad de Chile, los albos alcanzaron la corona de campeones por trigésima cuarta vez. Una temporada redonda que puso a Mosa como una figura pletórica entre los fanáticos.
Pero la crisis llegó, justo en el Centenario. La triste noche de Fortaleza en el estadio Monumental expuso una gestión desprolija en términos de seguridad y un modelo obsoleto de organización de eventos que le costó la vida a dos hinchas a las afueras del coloso de Macul. Aquello fue solo la punta de lanza de una campaña que tuvo de todo: agresiones físicas en el directorio, despedida de Jorge Almirón antes de tiempo, rectificación de esa decisión y salida forzada luego de un par de semanas marcaron la crisis total. La elección de Fernando Ortiz y posterior eliminación de TODAS las competencias internacionales coronaron una decadencia absoluta.
A eso se agregan peleas con los referentes: Arturo Vidal disparó contra todos los directivos del club una vez consumado el fin del torneo 2025. Con eso llegaron movidas desesperadas del mandamás para poder retener a su figura emblemática y un cortocircuito con un entrenador al que finalizó respaldando más por necesidad económica que por convicción futbolística.
Es que esa es otra piedra de tope de su tercer paso por Colo Colo. Blanco y Negro continúa operando con márgenes estrechos de liquidez y un nivel alto de dependencia del factoring para sostener sus compromisos. La carga de vencimientos entre octubre y diciembre, sumada a los saldos pendientes y a la reiteración de cesiones de créditos, concluyó con un cierre del ejercicio con un escenario financiero ajustado que obliga al club a seguir anticipando sus ingresos televisivos para mantener su funcionamiento regular. En otras palabras, la concesionaria está literalmente hipotecada.
Pero este escenario oscuro no es nuevo. La primera vez de Aníbal Mosa en la presidencia, entre abril de 2015 y enero de 2018, se consolidó como un dirigente con capacidad de logro, pero también enfrentó límites evidentes. En lo deportivo, su gestión comenzó con un impacto positivo: bajo su liderazgo el club obtuvo varios títulos nacionales, destacando el Torneo Apertura de 2015, la Copa Chile 2016, el Torneo de Transición 2017 y las Supercopas de 2017 y 2018, reflejando su impulso a la competitividad local y fortaleciendo el palmarés del equipo en ese período.
Sin embargo, ese éxito doméstico no se trasladó al ámbito internacional, donde Colo Colo sufrió decepciones en la Copa Libertadores con eliminaciones tempranas que mostraron que la construcción de un proyecto sólido a nivel continental quedó pendiente. Más allá de lo estrictamente futbolístico, su administración también fue percibida como marcadamente pasional y discutida entre los hinchas y accionistas, donde su estilo de liderazgo generó tanto adhesión como tensiones internas, lo que más tarde condicionó la continuidad y configuración del directorio al final de ese mandato. “Esto se estaba fraguando hace mucho tiempo. Le dije a Gabriel (Ruiz-Tagle) que le vaya bien y que tenga mucho éxito. Lo que me interesa es que Colo Colo pueda estar tranquilo”.
Durante su segundo ciclo al mando de Blanco y Negro (2019–2021), encabezó uno de los períodos más críticos en la historia reciente de Colo Colo: una gestión atravesada por una guerra interna de poder en el directorio, decisiones deportivas erráticas y un deterioro financiero acelerado que terminó empujando al club a pelear el descenso en 2020, algo inédito en su trayectoria. A la par de esa debacle deportiva, la institución enfrentó pérdidas millonarias, reducción de sueldos y envío de jugadores al seguro de cesantía, mientras la fractura entre bloques dirigentes paralizaba proyectos estructurales y debilitaba la gobernabilidad.
Lejos de consolidar un rumbo, este segundo proceso dejó como saldo una administración reactiva, marcada por la improvisación y el conflicto permanente, que dañó seriamente la estabilidad institucional y erosionó la credibilidad del liderazgo de Mosa tanto hacia dentro como hacia fuera del club.
Una historia que hoy se repite, casi como una historia ya contada. En su tercer paso por Colo Colo, Mosa otra vez tiene el agua hasta el cuello. Una gestión que arrancó con alegrías en el ámbito nacional y que pasó rápidamente a una crisis institucional preocupante. Justo hace un par de semanas el puertomontino asumió sus ganas de aumentar su paquete accionario para llegar al 66%. Una jugada en medio de las críticas directas que siempre apuntan al controversial líder albo.