El martes pasado, cuando era insultado por los hinchas en la tribuna mientras vitoreaban a Gustavo Álvarez en la cancha del Santa Laura, Michael Clark se dio cuenta que el ciclo estaba muerto. La conferencia de prensa el día anterior había sido una sonda muy hábil: pasarle la responsabilidad a los dirigentes sobre una posible salida del entrenador. El problema son los números. Bien cubiertos, en la U el contrato les favorece a la hora de romperlos. Si es despedido Álvarez, los azules apenas deberán pagar cien mil dólares, pero si es el argentino quien se quiere ir antes, queda 1.2 millones de dólares en la contabilidad del club.
Este martes debería decidirse la salida oficial del entrenador en la reunión de directorio de Azul Azul. Supuestamente Gustavo Álvarez se fue de vacaciones luego del partido del sábado en Iquique, pero al interior de la U saben que está buscando un nuevo club. Se dice que en el último tiempo habría viajado hasta tres veces a Perú y que su nombre fue ofrecido en Brasil. De la misma manera, en Universidad de Chile ya hay una lista con posibles reemplazantes.
El sabor de boca es muy amargo, no sólo por la conferencia de prensa en la víspera del duelo ante Coquimbo Unido, sino que también por varias actitudes de Gustavo Álvarez que fueron molestando a la directiva. Uno de los detonantes fue que pidiera públicamente, en insistiera, con el nombre de Eduardo Vargas o que relegara a Lucas Di Yorio en favor del Nico Guerra y que cortara jugadores de un partido a otro como ocurrió con Ignacio Tapia. Punto aparte la situación en La Serena cuando alineó suplentes. Nunca pudo dar una explicación coherente.
Por el momento la U se queda prácticamente sin delantera con la salida sentenciada de Lucas Di Yorio, Nicolás Guerra y Rodrigo Contreras. Ahora sólo queda oficializar el finiquito de Gustavo Álvarez.