Universidad de Chile terminó por estrellarse contra una muralla que venía construyendo desde hace meses. La igualdad ante Coquimbo Unido, en un partido tenso y sin retorno, la dejó prácticamente fuera de la Copa Libertadores y arrastrando un clima institucional asfixiante. En las tribunas, la violencia volvió a imponerse: bengalas lanzadas hacia la cancha, petardos que pasaron a centímetros de los jugadores y un ambiente que expuso, otra vez, a esa barra que se autoproclama defensora de los colores, pero que una vez más terminó dañando a su propio equipo.
En la cancha, el partido fue el espejo exacto de este ciclo azul: chato, opaco, lleno de dudas. Coquimbo —el equipo sensación del torneo— manejó el encuentro con su libreto habitual. Sin brillar, pero con una solidez que ya parece marca registrada. El primer tiempo se iba sin sobresaltos, salvo por un par de acciones aisladas que Castellón no logró resolver con firmeza y un par de buenas tapadas de Diego “Mono” Sánchez, ratificando su condición de mejor arquero del campeonato.
Y cuando todo parecía encaminarse al descanso sin daños, llegó el golpe. Un desborde por derecha, un centro profundo, una salida defectuosa de Castellón y la aparición de Martín Mundaca, quien empujó el balón para el 1-0 pirata y para estirar la racha histórica de un Coquimbo que simplemente no falla.
En la segunda mitad, la U salió con urgencia, empujada más por el pánico que por una idea clara. Un ataque mal resuelto terminó en mano dentro del área visitante. Charles Aránguiz falló su primer intento, pero aprovechó el rebote de Sánchez para anotar el 1-1. Un alivio breve. Desde ahí, el cuadro azul se activó a ratos, pero jamás logró claridad. Era un equipo nublado, exactamente como su entrenador 24 horas antes, despidiéndose en una conferencia de prensa surrealista mientras aún peleaba cupos internacionales.
El empate sirve de poco. La U ya no depende de sí misma para clasificar como Chile 4 y necesitará un milagro en la última fecha. Un castigo lógico para un equipo que dilapidó la segunda mitad del año con irresponsable facilidad. Que regaló puntos ante La Serena con un equipo alternativo. Que no pudo superar a Católica con un jugador más en el Claro Arena. Que cayó sin respuesta ante un Huachipato vulnerable.
Gustavo Álvarez queda como el principal responsable de un cierre oscuro, triste e impropio de un club que volvió a tropezar con sus propios fantasmas. Y que ahora, otra vez, mira la Libertadores desde afuera, preguntándose en qué momento se le fue todo de las manos.