Algo no termina de cuadrar en Universidad de Concepción. La salida de Leonardo Ramos, confirmada apenas seis semanas después de su llegada, volvió a instalar dudas sobre la conducción deportiva e institucional del Campanil, que ya suma dos entrenadores fuera del cargo en apenas 11 fechas del campeonato.
El uruguayo había sido presentado el pasado 26 de marzo como reemplazante de Juan Cruz Real, en una apuesta que rápidamente quedó marcada por la polémica. Apenas dos semanas después de asumir, el Colegio de Entrenadores acusó públicamente que Ramos no contaba con la licencia Conmebol Pro necesaria para dirigir en el fútbol chileno.
La situación obligó a Universidad de Concepción a salir públicamente a defender a su entrenador. En un comunicado, el club aseguró que Ramos había realizado la reválida de su título ante el INAF durante su paso por Unión La Calera en 2016 y que cumplía con los requisitos exigidos para obtener la licencia Conmebol Pro.
“Para acceder a dicha licencia, se requiere acreditar experiencia mínima de una temporada completa como director técnico en el fútbol profesional, requisito que nuestro entrenador cumple cabalmente”, señaló el Campanil en aquella oportunidad, apuntando además a que el otorgamiento dependía exclusivamente de Conmebol.
El problema es que el episodio dejó instalada una sensación incómoda desde el inicio. Un club recién ascendido, necesitado de estabilidad, terminaba envuelto en una controversia administrativa alrededor de su nuevo técnico, mientras los resultados tampoco acompañaban dentro de la cancha. Ramos deja el cargo con un registro de un triunfo, un empate y tres derrotas, en medio de una campaña que tiene a Universidad de Concepción en el puesto 12 con 14 puntos tras 11 fechas. Un escenario muy lejano a las expectativas que existían tras el retorno a Primera División.
Ahora, con la salida del uruguayo tras apenas cinco partidos dirigidos, la historia adquiere todavía más ruido. La UdeC vuelve a quedarse sin entrenador antes de la mitad de la primera rueda y profundiza una señal preocupante: improvisación, poca continuidad y decisiones que parecen resolverse sobre la marcha.
Porque más allá de las razones deportivas o de una eventual opción de Ramos para volver a Uruguay, la sensación es inevitable. En el Campanil, algo huele mal.