La situación de James Rodríguez abrió un foco de inquietud tanto en su club como en la selección colombiana. El mediocampista sufrió un cuadro de deshidratación severa luego de la última fecha FIFA, lo que obligó a su hospitalización durante varios días.
Desde el cuerpo técnico de Minnesota se entregaron más antecedentes, apuntando a que el episodio no corresponde a una lesión muscular tradicional, sino a una condición física derivada de un problema previo —posiblemente viral o gastrointestinal— que terminó afectando su estado general. Incluso, el entrenador reconoció que el jugador quedó debilitado tras ese episodio, lo que explica su ausencia en los últimos compromisos.
Sin embargo, el problema no es solo médico. El contexto deportivo refuerza las dudas: en lo que va de la temporada 2026, James ha tenido una participación mínima. Apenas suma 13 minutos ante Seattle Sounders y 26 frente a Vancouver Whitecaps en la MLS, mientras que con Colombia tampoco logró completar partidos, siendo sustituido en ambos encuentros de la fecha FIFA. Un registro que evidencia una presencia intermitente y muy por debajo de lo esperado para un jugador de su jerarquía.
A esto se suma que el colombiano no ha podido retomar los entrenamientos con normalidad. Desde Minnesota han sido cautos con su evolución, asegurando que no arriesgarán su regreso hasta que esté completamente recuperado, lo que deja en suspenso su disponibilidad en el corto plazo. El propio cuerpo técnico deslizó que su vuelta dependerá de cómo responda físicamente en los próximos días, sin fijar plazos concretos.
El escenario instala una doble preocupación: por un lado, su estado de salud tras un episodio que encendió alertas internas; y por otro, su falta de continuidad en cancha, justo en una temporada donde necesita regularidad para recuperar protagonismo. En ese contexto, James Rodríguez enfrenta semanas clave para dejar atrás un inicio de año marcado más por las dudas que por el fútbol.