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Por La Hora de King Kong · 2 min de lectura
El arbitraje dejó decisiones discutibles y condicionó la final ante Real Madrid, pero reducir la derrota de Santiago Wanderers exclusivamente al juez es evitar una discusión que el fútbol chileno conoce demasiado bien. El cuadro porteño tenía argumentos futbolísticos para conseguir una hazaña en el Bernabéu, pero terminó atrapado en el exceso de ímpetu y en una batalla que lo alejó precisamente de aquello que lo había llevado hasta Madrid.

¿Siempre va a ser culpa del árbitro? La pregunta puede resultar incómoda después de una final en que Santiago Wanderers terminó reclamando con razón varias decisiones del polaco Damian Sylwestrzak. Hubo cobros discutibles, un partido que se fue calentando y una sensación de perjuicio que incluso desde el entorno porteño describieron como determinante.
Pero una cosa no necesariamente elimina la otra.
Porque Wanderers también debe preguntarse cuánto hizo para escapar de esa trampa. El equipo chileno terminó con seis amarillas y tres expulsiones en una final que Real Madrid ganó por 3-1. Y cuando el partido comenzó a jugarse más desde la rabia que desde el fútbol, el cuadro porteño terminó entrando precisamente al terreno que menos le convenía.
No es una historia demasiado nueva para el fútbol chileno. En distintos momentos, desde la final de la Copa América de 1987 hasta aquella recordada semifinal del Mundial Sub 20 de Canadá 2007, la discusión posterior terminó concentrándose en el arbitraje, las provocaciones, las expulsiones y una sensación de injusticia. Episodios diferentes y contextos distintos, por cierto, pero unidos por una pregunta que pocas veces aparece con la misma fuerza: ¿cuánto daño nos hacemos nosotros mismos cuando confundimos carácter con descontrol?
Porque carácter tuvo Wanderers de sobra. Lo había demostrado mucho antes de comenzar a discutir cada decisión. Se plantó ante uno de los clubes más poderosos del planeta, en el Santiago Bernabéu, y durante largos pasajes hizo sentir que podía competir de igual a igual. Incluso Moisés Villarroel reconoció después que quedó la frustración porque el encuentro llegó a estar abierto para cualquiera.
Ese quizás sea el punto más doloroso de todos.
Wanderers no necesitaba hacerse el “choro” para competir con Real Madrid. Ya estaba compitiendo. No necesitaba transformar el partido en una batalla ni demostrar que podía responder golpe por golpe, protesta por protesta o provocación por provocación. Tenía algo bastante más importante: fútbol.
Y eso debería formar parte del análisis tanto como los errores arbitrales. Reclamar cuando corresponde es legítimo. Exigir un arbitraje a la altura de una final internacional también. Pero convertir al juez en el único responsable termina siendo una explicación demasiado cómoda para un partido en que Wanderers también perdió el control de aquello que sí dependía de Wanderers.
La paradoja es enorme. Un equipo que había llegado al Bernabéu gracias a su juego terminó alejándose de su mejor argumento precisamente cuando más lo necesitaba.
En el fútbol internacional, y especialmente frente a rivales de esta categoría, el margen de error es mínimo. Una protesta innecesaria, una reacción fuera de tiempo o una expulsión pueden terminar pesando tanto como un mal cobro. La personalidad no consiste solamente en plantarse frente al rival. También está en saber cuándo no responder.
Por eso la derrota debería dejar algo más que indignación. Wanderers estuvo cerca de conseguir una de esas historias que quedan para siempre y demostró que su generación Sub 20 podía mirar al Real Madrid a los ojos. Eso no desaparece por el 3-1 ni por las expulsiones.
Pero precisamente porque tuvo argumentos para conseguir algo todavía más grande, vale la pena hacer el mea culpa.
El árbitro podrá haber estado mal. Podrá haber condicionado el partido y sus decisiones podrán discutirse durante semanas. Pero Wanderers también tenía una responsabilidad: seguir jugando.
Porque de “choro” no se gana.
Se gana jugando al fútbol. Y Wanderers había demostrado que tenía fútbol suficiente para intentarlo.
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