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Por La Hora de King Kong · 1 min de lectura
Chile quedó eliminado de su propio Mundial Sub 20 al caer de manera contundente con México. Como tantas veces, habrá formas de atenuar el resultado asidos a detalles, momentos y actitudes. Jugaditas puntuales para esconder la basura bajo la alfombra

Se ve venir: resaltando esos 18 minutos en el comienzo del segundo tiempo, cuando Chile presionó arriba, fue agresivo en la recuperación y generó tres o cuatro llegadas de peligro, habrá una forma efectiva y ladina de atenuar el análisis general. Ahí, cuando el equipo de Nicolás Córdova tuvo la actitud correcta, la rebeldía, la exuberancia que tanto pide el hincha, estará el argumento para defender el proceso de dos años. “Y si la de Rossel entraba”, dirá alguno mascando la ocasión perdida cuando el marcador estaba apenas 1-0 abajo.
El problema es que los partidos duran noventa minutos, y en este torneo Chile jugó cuatro. Y de esos cuatro, perdió tres, donde le marcaron nueve goles y anotó cuatro. Una mala actuación en serio tratándose de un dueño de casa. No se puede salvar una gestión por 18 minutos. ¿Por qué no se jugó siempre así? La respuesta es previsible: porque este equipo no puede jugar siempre así. Herido por el baile que se había comido en el primer tiempo, y aprovechando el relajo y la excesiva confianza de los mexicanos, tuvo ese espasmo con características de espejismo. Pero no había físico, ni mecánica, ni calidad individual para sostenerlo, ni menos para plantearlo de entrada. La de Rossel no entra, no por mala suerte, sino porque el delantero de Católica está muy verde y necesita ganar confianza para anotar un gol con este nivel de presión. Por eso mismo, ya con el partido definido y cuando ya no valía —es decir, daba lo mismo si entraba o no—, clava un zurdazo al segundo palo.
Miren las atajadas del arquero mexicano Emmanuel Ochoa: no fueron estiradas imposibles ni alucinantes, sólo hizo su trabajo. Los remates chilenos (Faúndes, Milán) o no llevaban el ángulo necesario o no eran lo suficientemente potentes. Al contrario, cuando los mexicanos remataban, Mella no tenía nada que hacer. Y si tenía, como en el segundo gol de Fimbres, carece de la potencia de piernas para llegar. En conclusión: México fue efectivo de una manera en que Chile no puede serlo. México te dominó sobre la base del toque, los enroques, la velocidad, las paredes y los cambios de frente. Chile, al contrario, lo hizo corriendo, mordiendo y peleando. En esa dialéctica entre jugar al fútbol y apenas luchar, iba a ganar el que sabía más. Y no sólo ganó: goleó.
¿Y Córdova? Es el pato de la boda ahora. Todos van por él. Tiene una gran cuota de responsabilidad, pero no toda. La carencia de jugadores desequilibrantes —Chile no tenía uno solo y los mexicanos, al menos tres— no es su culpa. Sí lo es su falta de definición, el querer estar en todas, intentar ser “el hombre” que maneja todas las selecciones. Nunca quedó claro cuál era su objetivo, y los resultados lo terminaron matando. Los buenos entrenadores pueden tener malos resultados, pero dejan algo. Un buen DT mejora a sus jugadores, no los deja igual que como los tomó. Más allá de las métricas y los chistes, es bueno hacer la pregunta: ¿qué cosa objetivamente se rescata de esta selección sub-20? ¿Alguna figura emergente? ¿Una forma de jugar? ¿La preparación física? En serio: ¿qué se puede rescatar de acá? Y no me vengan con los análisis, los mapas de calor, los entrenamientos intensos, la disciplina. Eso es un “desde”, es el mínimo. En la cancha, más allá de ese espasmo de 18 minutos contra México, Chile fue un equipo normalito tirando para malo. No compitió nunca en este Mundial.
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