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Por La Hora de King Kong · 1 min de lectura
El próximo martes en los extramuros de Sochi, Rusia, la selección chilena se medirá contra Perú por 88ª vez. El que alguna vez fue considerado un duelo de alto nivel en Sudamérica se ha degradado a lo que Jorge Luis Borges define como "la pelea de dos calvos por un peine".

Este miércoles tuve la felicidad de presentar el libro Cultura Peruana de mi amigo Alejandro Neyra en un hermoso salón de la Embajada. Neyra, diplomático, tres veces ministro, director de la fastuosa biblioteca de Lima y agudo escritor es, como podrán imaginar, una gran aficionado al fútbol. Como nosotros padece la triste actualidad de la selección peruana que, podrá haber quedado un puesto más arriba que la chilena en las eliminatorias, pero a la larga está en lo mismo: envejecida, sin talento, sin espíritu, sin figuras emergentes y sumida en una grisura que parece no tener fin. En la charla nos reíamos por la mediocridad que comparten Chile y Perú en el fútbol. Una rivalidad que en algún momento fue palabras mayores en el concierto sudamericano para ir cayendo a un nivel tan bajo, que parece alguna ficción sacada de los cáusticos libros de Neyra.
Hace un mes ambas selecciones jugaron en el Bicentenario de La Florida. Cancha sintética donde los empleados municipales hacen sus duelos de solteros contra casados. El escenario, inaceptable para un partido de selecciones clase A, a la larga es lo que corresponde al nivel de chilenos y peruanos. No debería extrañar ni indignar. Basta decir que a los dos las dirige un interino.
Perú antaño, como los textos de Julio Ramón Ribeyro, era un estilo y una estética de juego. Si bien se permitían algún raspador en el fondo, como los zagueros Roberto Rojas y Jorge Olaechea, había que ser un jugador de técnica sobresaliente, un exquisito, para jugar en la selección peruana. Percy Rojas, César Cueto, el imparable Juan Carlos Oblitas, el maestro Jorge Cubillas, ese José Velásquez que era pura elegancia o Julio César Uribe. Lo que jugaba Uribe. Tremendo. Claro, en el arco siempre tuvieron quesos y eso les costó caro.
Después vinieron otros cracks como ese centrodelantero que tenía un pincel en el pie, Franco Navarro o Nolberto Solano y su fortaleza y pegada para jugar la banda derecha. Los balazos de Jayo y Palacios, la potencia de Maestri. Y hubo más, ese tanque que era Claudio Pizarro, la Foquita Farfán o un lateral izquierdo que estaba para cualquier equipo del mundo: Juan Manuel Vargas. Ahora les queda el rescoldo Paolo Guerrero y Luis Advíncula, como nosotros exprimimos a Arturo Vidal y Alexis Sánchez hasta que la olla ya no dio más.
De mis recuerdos más remotos con la selección está el doloroso gol de Muñante en el arco sur del Estadio Nacional y la noche transparente en que Caszely metió dos cabezazos en el Nacional de Lima y metió a Chile en la final de la Copa América 1979. La verdad es que vi a Chile ganarle a Perú mucho más que Perú a Chile. Pero siempre fueron duelos apasionantes, jugados como verdaderos clásicos. Incluso conmovedores ¿Y ahora qué tenemos? La pelea por no ser el peor de Sudamérica. Prefiero tomármelo con humor como mi gran amigo Alejandro Neyra. Ya vendrán tiempos mejores para ambas selecciones. No sé cuando, pero tienen que venir.
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