La Universidad de Chile comienza a perfilar su temporada 2026 con una señal que genera inquietud deportiva: la U está construyendo una nómina altamente veterana, no solo en su equipo titular, sino también en gran parte de las alternativas del plantel. Más allá de que algunos refuerzos aún están en negociación, el patrón es claro y consistente: la experiencia vuelve a imponerse por sobre la renovación.
El once titular que proyecta Gustavo Meneghini está compuesto por Gabriel Castellón (32) en el arco; Fabián Hormazábal (29), Franco Calderón (27), Matías Zaldivia (34) y Matías Sepúlveda (25) en defensa; Charles Aránguiz (36), Marcelo Díaz (39) e Israel Poblete (30) en el mediocampo; Lucas Assadi (21) como enlace; y Eduardo Vargas (36) como principal referencia ofensiva. Solo esta base arroja un promedio cercano a los 32 años, una cifra elevada para un equipo que aspira a competir con regularidad durante toda la temporada.
Pero el diagnóstico no se agota en el once. La nómina azul suma otros nombres que refuerzan el mismo perfil etario. Leandro Fernández (34) aparece como alternativa ofensiva directa, Cristopher Toselli (37) continúa como arquero experimentado del plantel, y Sebastián Rodríguez (33) se mantiene como pieza de rotación en el mediocampo. Es decir, incluso fuera del equipo titular, la U sigue acumulando minutos potenciales en futbolistas que superan con holgura la barrera de los 30 años.
A este escenario se agregan las negociaciones en curso por Juan Martín Lucero (34) y Octavio Rivero (33), dos delanteros que todavía no son miembros definitivos del plantel, pero cuyo perfil vuelve a confirmar la línea de mercado que sigue el club. De concretarse alguna de estas incorporaciones, el ataque azul quedaría todavía más cargado a la veteranía, con el gol y la presión ofensiva en manos de futbolistas en la etapa final de su carrera.
El foco más sensible sigue estando en el mediocampo. Aránguiz y Marcelo Díaz sostienen la identidad futbolística, pero su edad obliga a una administración constante de cargas y limita la intensidad sostenida. Sin un relevo joven consolidado, la U queda expuesta a un desgaste progresivo que suele pasar la cuenta en los momentos decisivos del torneo.
El contraste con los jóvenes del plantel es evidente. Assadi (21) aparece como la gran excepción generacional en un equipo diseñado desde la experiencia. No hay una transición clara ni una apuesta estructural por instalar nuevos liderazgos futbolísticos, sino una convivencia forzada donde los jóvenes orbitan alrededor de un núcleo veterano.
Universidad de Chile no solo envejece su equipo titular: envejece su idea de proyecto deportivo. Aunque Lucero y Rivero aún estén en etapa de negociación, la dirección es clara. La U vuelve a apostar por el corto plazo, asumiendo un riesgo alto en ritmo, físico y proyección, en un fútbol chileno que cada vez evidencia más las consecuencias de postergar la renovación.