Everton volvió a perder y volvió a preocupar. La caída 0-2 ante Colo Colo en el Monumental, con dos goles recibidos en los descuentos, confirmó un arranque de temporada desolador para los ruleteros. Sin peso ofensivo, sin respuestas tácticas y sin señales de rebeldía, el equipo cerró la segunda fecha del Campeonato 2026 tal como comenzó: derrotado y sin marcar goles.
El ruido mayor, sin embargo, llegó después. “En la fecha 7 empieza el torneo de verdad”, declaró Javier Torrente, instalando una idea que rápidamente generó rechazo. No por lo audaz, sino por lo improcedente. Porque Everton hoy no está en posición de relativizar fechas, puntos ni contextos.
El arranque de 2026 es elocuente: dos partidos, dos derrotas —0-1 ante La Calera y 0-2 frente a Colo Colo— y cero goles convertidos, siendo hasta ahora el único equipo del campeonato que no ha marcado. No se trata de mala fortuna ni de detalles: es un equipo sin ataque, sin confianza y sin funcionamiento reconocible.
Y el problema no nace este año. El cierre de 2025 ya había dejado señales claras de deterioro: derrotas consecutivas ante O’Higgins, Iquique, Audax Italiano y Universidad de Chile, un empate sin goles con Unión Española y apenas un triunfo aislado ante Cobresal como excepción. Un tramo final marcado por la confusión táctica, los cambios constantes de esquema y la imposibilidad de construir identidad.
En ese escenario, la frase de Torrente suena menos a planificación y más a excusa barata. Minimizar las primeras fechas en un torneo donde el descenso se define por márgenes mínimos es desconocer la lógica básica de la competencia. Los puntos que hoy se desprecian suelen ser los que mañana condenan.
Everton transmite hoy una imagen inquietante: un club sin urgencia, un proyecto sin relato y un entrenador que no parece advertir la gravedad del momento. No hay enojo, no hay reacción, no hay sentido de peligro. Solo espera. Una espera peligrosa.
Hablar de un “torneo de verdad” que comenzaría más adelante, cuando el equipo no gana ni convierte desde hace meses, no es una provocación intelectual. Es el reflejo de un Everton zombificado, que camina sin rumbo por la Primera División y que, otra vez, empieza temprano a mirarse en el espejo del descenso.