La historia parece repetirse en el Estadio Monumental. Cinco años después del fallido paso de Nicolás Blandi por Colo Colo, el nombre de Salomón Rodríguez comenzó a ocupar el mismo espacio en la memoria reciente del hincha albo: el del delantero millonario que no hizo goles. Ambos llegaron con el cartel de goleadores ilusionando por su precio y por expreso pedido del club, y ambos terminaron simbolizando las malas decisiones deportivas y financieras de Blanco y Negro.
El uruguayo fue anunciado como la gran apuesta del centenario, con una inversión cercana a los 2,5 millones de dólares, aunque la directiva luego intentó matizar la cifra a 1,2 millones. A diferencia de Blandi —que arribó en plena crisis institucional, con pandemia y lesiones—, Rodríguez tuvo un contexto favorable: equipo competitivo, entorno estable y plena confianza del cuerpo técnico. Sin embargo, su rendimiento fue igual de pobre. En 24 partidos apenas marcó dos goles, ambos en Copa Chile, y ninguno en el torneo local o en la Copa Libertadores, las competencias que justificaban su llegada.
El contraste con Blandi agrava su caso. El argentino, aunque envuelto en un año caótico, alcanzó los mismos dos tantos, pero en el campeonato nacional, cuando Colo Colo peleaba por no descender. Las diferencias en el contexto y la edad —Blandi tenía 30 años, Rodríguez 25— hacen aún más difícil explicar el bajo impacto del uruguayo. Sin lesiones graves ni factores externos, su falta de adaptación, su déficit táctico y su pobre lectura del juego lo convirtieron en un error atribuible directamente al rendimiento y a la gestión deportiva.
Hoy, en los pasillos del Monumental, el apodo de “el nuevo Blandi” ya no suena exagerado. Rodríguez carga con la misma etiqueta de fiasco que su antecesor, pero con un agravante: su fracaso ocurrió en tiempos de bonanza institucional y alta inversión. Su caso deja una lección que Colo Colo aún no parece aprender: la urgencia por encontrar un goleador no puede seguir costándole millones al club más popular de Chile.