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La tricota del seleccionado neozelandés batió un récord tras su debut por Olimpia en el torneo paraguayo y se vendió en varios millones de pesos
Por Rodrigo Vargas Olguín · 1 min
El choque ante Puerto Rico fue modificado de sede en medio de las protestas que se viven en ese Estado del país. Todo a poco menos de un año de la próxima Copa del Mundo.

Lo que debía ser una simple escala en la gira de amistosos de la selección argentina terminó convirtiéndose en un dolor de cabeza para la organización y una señal de alerta para la FIFA. Las protestas y hechos de violencia registrados en Chicago durante los últimos días obligaron a suspender el partido que el equipo de Lionel Scaloni debía disputar ante Puerto Rico en el estadio Soldier Field, forzando su traslado de urgencia a Miami. El episodio, más allá del cambio de ciudad, encendió las alarmas sobre la seguridad y la estabilidad social de algunas de las sedes que recibirán el próximo Mundial de 2026.
El encuentro estaba programado para el lunes 13 de octubre en uno de los recintos más emblemáticos de la ciudad, hogar habitual del fútbol americano y de varios partidos internacionales en los últimos años. Sin embargo, el clima en Chicago se volvió insostenible: disturbios en las calles, saqueos en el centro y enfrentamientos con la policía terminaron por convencer a las autoridades locales de que no estaban dadas las condiciones para garantizar la seguridad de los asistentes ni de los equipos. La organización decidió, con apenas una semana de margen, trasladar el partido al Chase Stadium de Miami, donde Argentina ya tenía pactado otro amistoso ante Venezuela.
El cambio generó confusión entre los hinchas que habían adquirido entradas con meses de anticipación y que ahora deberán decidir si viajan hasta Florida o piden la devolución de su dinero. También alteró los planes de la delegación albiceleste, que debía moverse entre dos ciudades separadas por casi dos mil kilómetros. Desde la AFA intentaron bajarle el tono al incidente, asegurando que la prioridad es “proteger a los jugadores y al público”, pero el episodio dejó al descubierto una vulnerabilidad que trasciende lo deportivo.
A nueve meses del inicio del Mundial, que se disputará en Estados Unidos, México y Canadá, el caso de Chicago reaviva la preocupación por la capacidad de las ciudades anfitrionas para ofrecer garantías plenas de seguridad. La FIFA, que ha hecho de la estabilidad y la logística dos de sus banderas en los últimos años, observa con inquietud los hechos ocurridos en un territorio que será protagonista del torneo más grande de su historia. En Estados Unidos, los eventos masivos han vuelto a ser blanco de manifestaciones sociales y políticas, y algunas organizaciones de derechos civiles ya advirtieron sobre el riesgo de que estas tensiones se trasladen al Mundial.
El traslado del amistoso no pone en riesgo inmediato el desarrollo del torneo, pero sí plantea una pregunta incómoda: ¿qué ocurriría si un episodio similar se produjera en plena Copa del Mundo? Las dimensiones logísticas, económicas y mediáticas de un evento de esa magnitud harían imposible una reprogramación improvisada. Por eso, lo que pasó en Chicago no se lee como una anécdota menor, sino como un anticipo de los desafíos que el continente deberá enfrentar cuando el planeta entero mire hacia América del Norte en 2026.
El Mundial, como recordó un dirigente de la organización local, “no se juega solo en la cancha”. También se disputa en las calles, en la convivencia social y en la capacidad de cada ciudad para ofrecer algo más que estadios modernos: estabilidad, orden y seguridad. Y ese partido, al menos por ahora, parece que Estados Unidos todavía lo tiene que ganar.
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