a ampliación a 48 selecciones prometía más países, más historias y más emoción. Sin embargo, a medida que avanza la fase de grupos del Mundial 2026, también empieza a quedar en evidencia uno de los efectos secundarios del nuevo formato: la especulación. Equipos que juegan mirando la tabla más que el arco rival, empates que convienen a todos y partidos donde el principal objetivo parece ser no hacerse daño.
Lo ocurrido en la última jornada del Grupo D fue un ejemplo evidente. Mientras Turquía derrotaba a Estados Unidos, el empate entre Paraguay y Australia clasificaba a ambos y configuraba cruces potencialmente más favorables. El resultado terminó siendo más importante por las consecuencias matemáticas que por lo que ocurrió en la cancha. El mensaje fue claro: en determinadas circunstancias, arriesgar demasiado puede ser peor negocio que conformarse.
La situación se repitió en otros grupos. Japón y Suecia igualaron 1-1 en un partido donde ninguno parecía dispuesto a lanzarse al vacío. Los asiáticos aseguraban el segundo lugar y los escandinavos tenían prácticamente garantizado avanzar como uno de los mejores terceros. Más que una batalla por ganar, pareció un ejercicio de administración de riesgos.
El problema no es de los futbolistas ni de los entrenadores. Ellos simplemente responden a los incentivos que entrega el torneo. Cuando clasifican ocho terceros y los cruces dependen de una combinación compleja de resultados, la calculadora se vuelve tan importante como la pelota. Ya no basta con ganar; ahora también hay que evaluar contra quién conviene jugar después.
La historia del fútbol está llena de antecedentes. El más famoso sigue siendo el llamado "Pacto de Gijón" de 1982, cuando Alemania Federal y Austria disputaron un partido cuyo resultado clasificaba a ambos y eliminaba a Argelia. La indignación fue tan grande que la FIFA decidió programar desde entonces los últimos encuentros de cada grupo en simultáneo. Cuarenta y cuatro años después, el Mundial vuelve a convivir con situaciones donde la especulación amenaza con convertirse en protagonista.
Paradójicamente, el torneo más grande de la historia corre el riesgo de ofrecer menos competencia real en algunos partidos. Porque cuando un empate deja felices a todos, cuando perder incluso puede entregar un camino más favorable y cuando las tablas pesan más que la ambición deportiva, el espectáculo inevitablemente pierde intensidad.
El Mundial 2026 quería ser la fiesta más grande del fútbol. En algunos grupos lo está consiguiendo. En otros, en cambio, se está transformando en el Mundial de la especulación, los pactos de no daño y los partidos donde nadie quiere ganar demasiado.