La selección chilena entrará en 2026 en un territorio inusual: un año completo sin partidos oficiales y con un solo par de ventanas FIFA disponibles para amistosos. En ese escenario, todo apunta a que Nicolás Córdova —técnico interino desde junio— continuará al mando, más por las circunstancias del calendario que por una decisión definitiva sobre el futuro de la Selección. El nuevo organigrama deportivo de la Federación tendría en mente un objetivo mayor: mantener estable la transición mientras se espera el momento político idóneo para tentar a Manuel Pellegrini.
La ausencia de Chile en el Mundial 2026 provoca que el equipo no tenga competencia entre junio y julio, el periodo que monopoliza el calendario internacional. La Roja sólo podría disputar amistosos en marzo, junio (antes del Mundial) y noviembre, pero el resto del año quedará prácticamente en blanco. En ese contexto, la continuidad de Córdova surge como una solución funcional: un técnico que ya está dentro, que conoce a los jugadores y que, además, abarata los costos de una institución que financieramente no vive sus mejores días.
Tras el triunfo ante los europeos, Córdova defendió la calma de su proceso, afirmando que “a mí no me ha hecho tambalear nada” y que la convicción interna en su trabajo se mantiene intacta. Ese cierre positivo ayudó a descomprimir el ambiente y a instalar la idea de que puede sostener el proyecto mientras se define el futuro.
En paralelo, existe la sensación —no confirmada públicamente— de que el director deportivo Felipe Correa preferiría no precipitar una elección definitiva de seleccionador. El nombre de Manuel Pellegrini ronda desde hace meses los pasillos del fútbol chileno, pero el propio entrenador ha dado señales claras de que solo consideraría dirigir a la Roja cuando exista una nueva conducción en la ANFP. Es decir, después de las elecciones fijadas para noviembre de 2026. Bajo ese escenario, cualquier movimiento previo sería táctico más que estratégico.
El razonamiento que se instala es simple: si Pellegrini no asumirá antes del nuevo ciclo dirigencial y 2026 será un año sin torneos, ¿para qué acelerar un proceso que podría quedar truncado antes de comenzar? Córdova, entonces, se transforma en una pieza puente, un entrenador que mantiene la estructura activa, que sostiene el vestuario y que permite llegar al próximo año electoral con el tablero ordenado.
2026 podría convertirse así en un período de transición silenciosa: sin Eliminatorias, sin Copa América y con pocas ventanas FIFA, Chile se moverá en un escenario de baja exposición. Córdova dirigiría esporádicamente, mientras la Federación evalúa cómo se reconfigura el mapa político que determinará si Pellegrini —la gran carta que muchos desean— finalmente dará el paso.
De momento, nada está escrito. Sólo se proyecta una hoja de ruta posible en la que Nicolás Córdova sigue siendo el técnico de la Roja porque el fútbol, por primera vez en mucho tiempo, le da permiso para esperar.