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No hay Mundial que no deje algo para la historia y su recuerdo. Desde el Maracanazo del 50’,con un Uruguay inolvidable, pasando por la consagración de Pelé como el “Rey” en los 70’ y llegar a Maradona en México 86’ con la genialidad de un gol y la trampa con otro, por mencionar las más relevantes, pero siempre se habló de fútbol, estrategias, goles, jugadores y selecciones.
¿Qué deja este 2026?, la verdad que en ese ámbito deja muy poco o casi nada. Sí, el fútbol de España, el que se fue construyendo a medida que avanzaron las etapas y fases interminables y excesivas hasta llegar a mostrar lo que se esperaba del cuadro de la Furia Roja. Algunos se quedarán con la “sorpresa” de Cabo Verde, un anecdotario del mundial con un Vozinha de 40 años, un pintoresco show más que una formación futbolística.
Quedarán las vejaciones y todo ese manto de dudas que la FIFA, junto a su presidente Gianni Infantino, realizaron este año. Eso sí pasará a la historia.
La participación de 48 selecciones terminó siendo un espectáculo indigerible con una excesiva cantidad de partidos que al final nubló la supuesta competitividad.
Las veladas interrupciones comerciales en los partidos por las famosas pausas de hidratación para justificar un nuevo mecanismo de ingreso de más y más dinero y que al final destruyó el ritmo y tácticas de juego para muchas selecciones. El corolario: 27 minutos de intervención en la final para entregar un show musical extemporáneo y además innecesario. La Final es y ha sido un espectáculo en sí desde siempre.
No olvidar la instalación de la FIFA de su gobierno dictatorial al interior de otro, con los inalcanzables precios de las entradas, que ahora sí destruyeron el alma del fútbol, que nació como un deporte popular, pero que fue destruida por una avaricia desbordada, la que sólo pudo ser complacida por un desenfreno de gasto de los que más pudieron, no de los que quisieron.
La destrucción ambiental y ecológica con una cantidad de traslados y recorridos por tres países, que prácticamente dieron la vuelta al mundo con todo el kilometraje registrado y lo que eso implica en cuanto al daño ambiental y al deterioro físico de muchos equipo ya heridos por una intensa temporada.
Pero la ignominia y la sumisión de Infantino ante el gobernante del país organizador debe ser de lo más inaceptable en la historia de los mundiales. Una relación que germinó con un inventado Premio de la Paz, pasando por los vejámenes con las selecciones de Irán e Irak con sus Visas de Trabajo, la expulsión del árbitro somalí Omar Artan, seguido por el llamado telefónico en el caso Balogun para incidir en la anulación de un castigo que marcó un precedente nefasto hasta llegar al protagonismo pretendido por el presidente estadounidense en ser parte de la entrega del título a España donde el plantel debió esperar que el gobernante se retirara para evitar una contaminación mayor del Mundial. Ayer ganó el fútbol de España, pero perdió el fútbol mundial.