El Mundial 2026 comienza en Ciudad de México y el país anfitrión quiere creer. No podría ser de otra manera. La Copa del Mundo vuelve a territorio mexicano por tercera vez y la expectativa es gigantesca. Los estadios estarán llenos, el ambiente promete ser espectacular y la selección de Javier Aguirre tendrá el privilegio de abrir el torneo ante Sudáfrica. El problema es que el entusiasmo popular parece bastante más grande que las credenciales futbolísticas del equipo.
México llega a su Mundial con una generación que, salvo contadas excepciones, no ocupa espacios de privilegio en la élite del fútbol europeo. Lejos quedaron aquellos planteles que contaban con figuras consolidadas en las grandes ligas o jugadores capaces de marcar diferencias en los principales clubes del continente. Hoy, el rostro más emblemático de la convocatoria es Guillermo Ochoa, un arquero de 40 años que disputará su sexta Copa del Mundo y que se ha transformado más en un símbolo de resistencia que en la cara de una selección destinada a competir por algo importante.
La lista confeccionada por Aguirre refleja parte de esa realidad. Santiago Giménez aparece como la principal esperanza ofensiva tras su paso por el AC Milan, mientras que Édson Álvarez continúa siendo una de las piezas más respetadas del plantel desde la Premier League. Sin embargo, más allá de esos nombres, cuesta encontrar futbolistas instalados en la primera línea del fútbol mundial.
La situación se vuelve aún más compleja al revisar la preparación del equipo. Aguirre decidió incluir a cinco jugadores que arrastraban problemas físicos recientes, entre ellos Giménez, Álvarez, Alexis Vega, César Huerta y Luis Chávez. A eso se suman las bajas de Luis Ángel Malagón, Rodrigo Huescas y Marcel Ruiz, tres futbolistas que apuntaban a tener un rol importante en la estructura titular.
El contexto contrasta con la enorme presión que supone jugar un Mundial en casa. Porque la historia mexicana en la Copa del Mundo está llena de expectativas que terminan chocando con la realidad. Desde Estados Unidos 1994, el Tri acumuló siete eliminaciones consecutivas en octavos de final. Bulgaria, Alemania, Estados Unidos, Argentina en dos oportunidades, Países Bajos y Brasil fueron construyendo una barrera que parecía imposible de derribar. La secuencia recién se rompió en Qatar 2022, aunque por una razón todavía más dolorosa: México ni siquiera logró superar la fase de grupos.
Paradójicamente, las mejores actuaciones de su historia llegaron justamente cuando organizó el torneo. En 1970 y en 1986 alcanzó los cuartos de final, una ronda que jamás volvió a disputar. Esa coincidencia alimenta la ilusión de los aficionados, que ven en la localía una oportunidad para repetir aquellas campañas que permanecen grabadas en la memoria colectiva.
Sin embargo, el fútbol actual parece invitar a la cautela. Mientras las grandes selecciones llegan al Mundial con figuras instaladas en equipos protagonistas de la Champions League, México apuesta por una mezcla de experiencia, esfuerzo colectivo y ambiente local. Argumentos respetables, pero que difícilmente lo sitúan entre los candidatos al título.
Por eso el debut ante Sudáfrica tendrá un peso especial. No solo porque marcará el inicio del Mundial, sino porque será la primera prueba para medir cuánto hay de realidad y cuánto de ilusión en torno a un equipo que juega impulsado por su gente, pero que futbolísticamente genera más preguntas que certezas.
México vuelve a ser anfitrión y eso basta para despertar los recuerdos de 1970 y 1986. El desafío será demostrar que esta generación puede ofrecer algo más que nostalgia.