El Mati no tuvo un inicio idílico en la profesión. En Boca, un club que aún abraza en su sentimiento, nunca pudo concretar su pasión y rendimiento. No siguió. Se fue a Ecuador al Barcelona de Guayaquil, tras no tener oportunidades en el plantel principal fue cedido a préstamo al Aucas el 2006. Pero esa tierra no fue fértil para Rodríguez, partió al LASK en Austria, ya más maduro, pero nada. Su consolidación estaba al lado de su natal Argentina. Nacional de Uruguay lo recibió y como defensa central vivió su despegue profesional.
De ahí a la U y un vínculo que dejó huellas entre el 2010 al 2012. Campeón en el torneo local y por cierto la Copa Sudamericana. Un campañón que lo lleva a Italia (Sampdoria) y luego al Gremio de Brasil. Sin embargo su retorno para despedirse en el club que más logros obtuvo nunca prosperó. Tras un tiempo de inactividad pensando incluso en el retiro fue Melipilla que se atrevió y lo convenció para defender sus colores.
Con los Potros, en Segunda División, llegó a la final ante Concepción con el que consiguió el ascenso del club, que tras temas de secretaría lo dejaron en la tercera división. el 2025
Pero el Mati pasó de ser un jugador, a un símbolo, líder y un verdadero asistente social del club. Viendo la difícil situación económica, se comprometió más allá del fútbol. Fue rostro de bingos, rifas, firmas de camisetas y hasta vendió parte de su patrimonio, todo para ayudar al club para no sufrir castigos por insolvencia económica. No lo logró en parte, pero se metió hasta al fondo en el corazón de los melipillanos, creó su escuela de fútbol en la zona y su familia se radicó ahí. Este domingo en el Soinca los atribulados hinchas del Potro le darán la despedida ante el Real San Joaquín no a un jugador sino que a un ídolo y amigo.
Mati pasó de refuerzo estrella a un referente social en toda la comunidad de Melipilla.