Marruecos sigue avanzando en silencio, pero con pasos firmes, en su gran objetivo para el Mundial 2030: quedarse con la final. Mientras España insiste en que el partido más importante del torneo debe disputarse en el Santiago Bernabéu o en el Camp Nou, el país africano fortalece cada vez más su relación con la FIFA de Gianni Infantino.
El último antecedente vuelve a poner a Rabat en el centro de la discusión. El Gobierno de Marruecos estableció exenciones fiscales para la importación de bienes, materiales y mercancías a favor de las representaciones de la FIFA y sus organizaciones afiliadas en el país, en el marco de la organización del Mundial 2030 junto a España y Portugal.
Las medidas quedaron estipuladas en la Ley de Finanzas de 2025 y fueron detalladas en una circular de la Administración de Aduanas e Impuestos Indirectos. La normativa contempla “la exención de los derechos de importación sobre los bienes, material y mercancías importadas por o por cuenta de las representaciones de la FIFA en Marruecos y las organizaciones afiliadas a ella”.
El beneficio tributario se suma a una relación que viene creciendo con fuerza en los últimos años. La FIFA abrió una oficina en Rabat, Infantino ha multiplicado sus elogios al proyecto marroquí y Fouzi Lekjaa, presidente de la Federación de Marruecos, miembro del Consejo de la FIFA y hombre cercano al rey Mohamed VI, se ha transformado en una figura clave dentro de los despachos del fútbol mundial.
La cercanía entre la FIFA y Marruecos no es nueva. Ya en su candidatura para el Mundial 2026, el país africano había prometido un beneficio de 5.000 millones de dólares para el organismo, según cálculos incluidos en su dossier. Aunque perdió aquella elección frente a Estados Unidos, México y Canadá, Marruecos dejó instalada una idea que hoy vuelve a aparecer con fuerza: sabe hablar el idioma que más entiende la FIFA, el de la infraestructura, las garantías y el negocio.
Ese camino se profundizó con el Mundial 2030. Marruecos será coorganizador junto a España y Portugal, pero no quiere cumplir un papel secundario. Aunque España tendrá once sedes, Marruecos seis y Portugal tres, la gran batalla está en otra parte: la final del torneo del centenario.
En la Federación Española ya hay inquietud. Rafael Louzán, presidente de la RFEF, había asegurado que tenía “confianza plena” en que la final se jugaría en España y fue tajante al afirmar que “no se entendería que España no sea la sede de la final”. Sin embargo, desde Marruecos la respuesta fue clara. Fouzi Lekjaa recordó que “la FIFA decide dónde se organiza la final del Mundial de 2030, no las declaraciones”.
La frase pesa más que una simple declaración. Marruecos construye cerca de Casablanca el Gran Estadio Hassan II, un recinto proyectado para 115 mil espectadores y pensado para competir directamente con el Bernabéu y el Camp Nou. Si se concreta como está diseñado, será el estadio de fútbol más grande del mundo y la principal carta marroquí para quedarse con el partido que definirá al campeón.
A esa ofensiva de infraestructura se suma la diplomacia deportiva. Infantino ha mostrado una sintonía evidente con Marruecos, país donde la FIFA ya tiene presencia institucional y donde además ha impulsado proyectos como FIFA Arena, con la instalación de 30 minicampos de fútbol en alianza con autoridades locales y el Grupo OCP, uno de los gigantes económicos del país.
La ecuación comienza a ser incómoda para España. Mientras la RFEF defiende el peso histórico de sus estadios y su rol original en la candidatura, Marruecos ofrece a la FIFA un paquete completo: beneficios tributarios, oficina permanente, respaldo político, un dirigente sentado en el Consejo del organismo y un estadio monumental diseñado para la final.
La decisión todavía no está tomada, pero la balanza ya no parece tan inclinada hacia España como se pensaba hace algunos meses. Marruecos no solo quiere organizar el Mundial 2030. Quiere coronarlo. Y en esa carrera, la relación construida con la FIFA puede terminar siendo tan importante como el estadio donde se juegue la final.